Hace muchísimos años, mi madre tenía un lilo en la casa del pueblo.
Cada primavera, cuando íbamos, teníamos la casa llena de lila de las que había cortado y el árbol que se caía del mismo peso.
El olor era..... pues eso a lilas. A mí me encantaban. A mi hermana no. Pasan esas cosas con perfumes tan apabullantes.
Cuando mi suegra se compró la casa en la sierra, quería arreglar el jardín, le dije que si quería le traería unos retoños del lilo extremeño. Le pareció buena idea.
Así como para mí, yo pensé que el calorazo de mi pueblo y el frío de la sierra no tenían nada que ver. Pero traer unos retoños y ver si se adaptaban no era nada del otro jueves.
Los plantó. Crecieron. Y hoy.....
Es día de la madre. La mía ya no está. El árbol del pueblo tampoco, por falta de cuidado, y quizá porque no quería estar aquí, se fue con su ama.
He ido a casa de mi suegra. Tenía jarrones con lilas por todas partes. Y me las ha enseñado con cariño, diciéndome que eran las lilas de mi madre. Y además me han enseñado las fotos del árbol joven y serrano.
Agradezco el detalle de verdad.
Y además estoy contenta porque en el pueblo donde estuvo el otro aún quedaba raíz y fuerza. Está brotanto otra vez. Pasará el tiempo, pero espero volver a ver lilas allí.
domingo, 2 de mayo de 2010
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