Tengo en la cocina un puñado de castañas. Dentro de un rato las rajaré y las asaré, a la antigua usanza. Vamos, sartén y paleta de hierro (las guardo para la ocasión. Eran de mi madre y son de lo más aparente).
La noche se presta a ello. Desde que yo recuerdo, esta era la noche de las castañas. Antigüa que es una, qué se le va a hacer.
Ahora veo a los chavales disfrazados, con esos colmillos, capas, caretas sanguinolentas, pelos horrorosos, y que te dicen tan contentos ¿truco o trato?. Yo eso lo he visto en las pelis americanas. Y muchas cosas de miedo. Y supongo que debe ser una noche mágica. Pero es que yo no estoy para esto. Me apunto a una fiesta sin pensármelo, pero es que esas cosas, si son de broma, no me hacen gracia, y si son de verdad..... quita, quita.
La obra del Tenorio, obligada en los estudios uno. No sé si era maravillosa o no, pero así aprendimos a conocer a aquel personaje que por un lado me encanta, pero por otro, menos mal que no lo conocí. Porque caer en la tentación cualquiera puede caer y el caballero era experto en hacer caer en la tentación a las damas. Pero los amores siempre acaban en lágrimas y casi que le podemos mandar con los del truco o trato. Y la mala baba del Comendador. A quién se le ocurre aparecerse. Nadie le ha dicho a ese personaje que los muertos están muertos y que ya no tienen nada que hacer aquí?. Vamos yo es que tengo clarito que cuando me toque irme de aquí, no miro para atrás. No sé a dónde iré si es que se va a alguna parte, pero por aquí no vuelvo, total p'a lo que hay que ver.
Y la leyenda de Bécquer de La Noche de las Animas. Que si el bosque, que la gacela, que el señor, que qué miedo.
Porqué esta noche no se puede celebrar con unas simples y divinas castañas? que esas sí que son divinas, con espíritu propio. No hay nada que se le parezca, ni tiene sucedáneos.
Yo es que con los muertos tengo muy mala suerte. Siempre se van cuando no toca, me dejan hecha una piltrafa, no se me olvidan, de vez en cuando me encuentro llorando, y aquí no pasa nada. Sigue saliendo el sol, seguimos trabajando, pensando en mañana. Y.....
Bueno que me quedo con las castañas antes de que se mueran.
Y por si hay aficionados pues nada, que FELIZ HALLOWEEN
Esta foto está tomada a propósito, con toda idea. No es que la imagen parezca espectacular a simple vista. Pero es la orilla del mar en Tánger, cerca del puerto nuevo, a media tarde, con una visibilidad mermada por la hora. Al mirar al frente, imaginaba una especie de golfo, o bahía grande y pregunté qué era aquello. Me quedé muda cuando me dijeron que era Tarifa. Es la costa española. Eso es lo que ven las personas que se meten en las pateras, algo que está a tiro de piedra, que casi se podría pasar nadando. Eso tan cercano es para ellos la tierra prometida, que luego no es así. Me dijeron que estaba a 14 kilómetros. He hecho fotos preciosas, divertidas, de las que muestran con detalle cosas curiosas. Pero para mí esta es la más impactante, porque sé exactamente lo que sentía en el momento en que decidí hacerla, y eso no lo puedo explicar, pero desde luego no era alegría por la cercanía de la "patria", que al fin y al cabo yo había salido por un capricho y volvería pronto, era otra cosa, no sé escribir con tanto detalle, pero sí que recuerdo con nitidez aquella sensación. Entre otras cosas, deseé con fuerza que, en un futuro cercano, no fuera objeto de deseo o imaginación de promesa de futuro para tantas personas. Preferiría que lo vieran como yo, algo que merece salir en una foto sin cuestionarse nada. Aunque yo sí me cuestiono muchísimas cosas en este asunto.
(Esto es una tontería, pero es que me he puesto de muy mala uva)
Nunca nos hemos llevado bien la aspiradora y yo. Es un chisme que me resulta antipático como pocos.
Siempre tirando de el. Cuando quiero llegar a un sitio, se tuerce el tubo, se engancha el cable, se suelta el enchufe. No sé, siempre pasa algo que me contraría. Es de esas maquinuchas con espíritu propio que me contradice siempre. En fin, una antipática.
Por eso, procuro pasar poco tiempo con ella. Guardadita en el armario está mejor que en ninguna parte.
No tengo en casa alfombras ni tapices ni cosas de esas que la puedan hacer necesaria diariamente, así que nuestra convivencia es medianamente soportable.
Pero de vez en cuando, no queda más remedio que usarla, y esto provoca que ella tenga también sus necesidades, por eso hoy me ha tocado cambiar la bolsa de papel.
Un horror absoluto. Primero ir a comprar las bolsas que ya no quedaban. Las que yo tenía eran originales de cuando la compré y ya no encuentro esa misma marca. He tenido que comprar unas que llaman compatibles. (Mira qué suerte, les irá mejor a que a mí, porque desde luego yo no soy compatible con ella para nada).
Quito la bolsa usada sin prestar atención a cómo va encajada. No será tan complicado, digo yo. Pues mira que no, que digo mal. Es complicado de narices. No veo la ranura por donde entra el cartón. No encaja con el agujero que va directo al tubo. Le doy la vuelta, tampoco va. Intento cerrarla y que nones. Miro el reloj, llevo un cuarto de hora dedicada a algo tan absurdo como poner la bolsa a la aspiradora. Si la hubiera tenido que peinar me hubiera llevado menos tiempo y yo peinando soy una auténtica nulidad.
Al fin, después de varios intentos, creo que lo he conseguido. Voy a probar a ver si funciona. Pues sí, hace ruido y recoge las migas del suelo. Así que aprovechando, me la voy a llevar a la terraza y así recoge las chinitas de arena de la gata que siempre hay por el suelo.
Desenchufo en la cocina, la pongo en el salón, pegandito a la terraza que es donde está el enchufe más cercano. La intento poner en marcha y no va. Me fijo en el enchufe, como es de esos de cuatro o cinco y con un interruptor, se me ocurre que quizá esté apagado y le doy para encender.
Resultado, la tele que funcionaba deja de sonar. El aparato del plus se queda a oscuras, la aspiradora no funciona y a mí se me pone una jeta que pa’qué. Que vale que ya sé que si la tele funcionaba el enchufe también, pero no caí en eso, de vez en cuando se me pira la pinza, ¿eso es normal, no?
He vuelto a dar al botón. He desenchufado a la antipática esa, la he sacado a la terraza, me he ido a la cocina y he terminado la comida que es mucho más agradable.
Mañana, si estoy inspirada la dedicaré otro ratito, si no, cogeré la escoba y el cogedor de toda la vida y aquí no pasa ni media.
El domingo tuve la suerte de poder ir a ver a Les Luthiers. Recordaba la primera vez que les ví en televisión, allá por el año 1972 o algo así. Entonces pensé que yo jamás podría verlos en directo. Era demasiado joven y no podía pagar el precio de la entrada. Y ahora varios lustros después he tenido esa suerte.
Son fantásticos. Me encantan.
Empezaron a las 8 de la tarde y cuando terminaron a las 9,30 no me lo podía creer. Hora y media sin sentir ninguna molestia, sin notar cómo pasaba el tiempo.
Son divertidos, con esa diversión que entretiene, que ilustra, que hace gozar. Con personajes así, siempre se aprende.
Los juegos de palabras eran constantes, hubo un momento, a propósito de un merengue que me dolían las mandíbulas de reírme y me lloraban los ojos.
Dos señores con canas, con traje, con años, tan serios, tan formales, explicando al mismo tiempo lo que es la danza del merengue y cómo se hace un merengue batiendo claras y metiéndolo en el horno, es algo tan simple que es imposible no reírse. No podía más.
Pero para arreglarlo empiezan a hablar de la musa de la danza Terpsícore.
La versión libre que hacen de las obras de Shakespeare no tiene desperdicio.
Y así todo el tiempo, no voy a despanzurrar la actuación, sólo sé que me encantó. Que doy por bien empleado el dinero de las entradas y que eso es humor inteligente.
Comentando la actuación al salir sólo había tenido sensaciones parecidas cuando ví a Gila, unos meses antes de morir.
Gila contaba siempre la misma historia de la guerra, y a pesar de conocerla, de haberla oído mil veces, siempre me hacía reir a carcajadas.
Pues con Les Luthiers ocurre igual, para mí pueden sacar cosas nuevas, o repetir siempre lo mismo, y el simple hecho de dar las buenas noches ya me hará reir.
Todo lo que escriba sobre ellos estará bien pero si hay que resumir para mí sólo queda GENIALES.
Pues sí, volví de vacaciones. He estado en Tánger. Ha sido toda una experiencia. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto.
He tenido la suerte de no ir de guiri. Nada de turismo convencional.
He ido de la mano de una amiga. Es de allí, tiene su casa y vive su familia. Esa es la mejor manera de conocer cualquier sitio.
Poder disfrutar de su hospitalidad. De las comidas de casa, nada de hoteles ni restaurantes modernos. Poder compartir sus formas de pasar el tiempo. Ir de compras en un lugar donde el regateo es algo obligado.
Yo no sé regatear, soy una pamplinas para eso, y encima en otro idioma. Yo pregunto el precio, si me conviene lo pago y si no, doy las gracias y me voy. Aquí me ví obligada a decir a mi amiga lo que quería y ponerme a mirar otra estantería, o el escaparate o lo que fuera, ya se ocupaba ella de las negociaciones. Qué cansancio. De verdad que resulta cansino.
Pero en la casa de sus hermanas, de sus amigas, me sentía como en la mía. Bueno no, no puedo decir eso, no es justo. Me han tratado como a una princesa. Y nunca podré dar las gracias adecuadamente.
Una cosa que me ha llamado la atención y que aquí, por lo menos por donde yo me muevo, apenas se utiliza es el gusto por servir la mesa en condiciones. Me explico.
Al llegar a cualquiera de sus casas, te reciben con una bandeja de cristal y vasos llenos de agua. Hace calor, y se supone que apetece. Luego la mesa con mantel bonito, botellas preciosas con zumo (es de tetra brik, que lo dicen) con los vasos a juego, y en fin una serie de detalles que aquí dejamos casi para las fiestas, por aquello de que se friega menos, o van al lavaplatos y las filigranas se estropean, o manteles simples por no planchar.
Hago referencia a esto porque no eran visitas anunciadas ni nada parecido, podíamos pasar a dar las buenas tardes simplemente, y tener ellos ya la mesa preparada para el té.
Quiero decir que el buen gusto es predominante, aunque a veces pueda parecer recargado.
Lo de comer con las manos no es una leyenda. Sí que comen con las manos, pero con un arte que me ha hecho sentir una novata total. Me descuidaba y comía con la mano derecha o la izquierda. (Eso no se hace, sólo se come con la derecha y lo sé). En todas las ocasiones me han ofrecido los cubiertos y el plato por si yo no quería comer en el plato común. No lo he hecho, me parecía de muy mala educación. Aunque mis modales para ellas han debido ser de lo más deplorable, pero no me lo han hecho notar. En todo momento he estado comodísima.
Ya conocía el cous-cous, pero nunca lo había compartido con ellas. Estaba para chuparse los dedos, y nunca mejor dicho. El tallín de verduras, parecido a nuestra menestra, quita el hambre y deleita los sentidos. La rziza, como si fueran espaguetis ligeros, suaves. La Harira o sopa de Ramadán que también ponen algún día en que hacen el ayuno. El pescado frito, o a la plancha. Y los dulces de mil formas, de miel, almendra, higos, yo qué sé, una locura.. A mí me gustaba todo. Si me quedo tres días más vuelvo con yilaba pero porque no me hubiera abrochado ni uno sólo de mis pantalones. Qué manera de comer. Todo el día en un pienso. Qué pasada y qué gozada.
El pueblo de Asilah es toda una joya. Precioso, curioso, limpio y coquetón.
La cueva de Hércules como maravilla en piedra sí, espectacular, pero las jaulas con monos, gatos, aves, no me han gustado, además que el olor era bastante insoportable. Pero eso es de quita y pon, cuando quieran lo quitarán de allí y seguirá siendo maravillosa.
El paseo marítimo, nuevo, bonito. El paseo es muy agradable.
El tráfico infernal, pocos semáforos, sin rayas en el asfalto ni pasos de cebras, un guirigay absoluto, hasta para cruzar la calle, en alguna ocasión me han cogido de la mano como a una niña chica.
Y me he reído con cosas pequeñas –que para mí son las mejores- como hacía mucho tiempo que no me reía.
Me he tenido que pelear con mi amiga para que me dejara preparar el café del desayuno, o hacer la cama o recoger el baño. Para ella era su invitada. Me tuve que cuadrar y la llegué a decir que si no me dejaba hacer cosas como en mi casa, no me sentiría como en mi casa y entonces me iría a un hotel.
Nos hemos hecho fotos juntas, todas ellas, sus amigas, y esa diferencia en el vestir que siempre parece que aleja, en este caso nos ha acercado. Ellas contentas y yo más.
Ella no podrá leer esto, es posible que alguien se lo lea, pero desde aquí quiero que sepa que nunca le agradeceré bastante todo lo que me ha enseñado en estas vacaciones.
Bueno pues sí, ya volví. Lo he pasado estupendamente. Nunca imaginé que sería tan genial. Iba con ilusión, con ánimo de vacaciones pero ha superado todo.
Al volver a casa me encuentro albañiles entretenidos, la casa como en guerra. cables rodando, el rooter guardado a buen recaudo, el ordenador tapadito tapadito, y no sé hasta cuando.
Ahora mismo me he colado en el ordenador de mis sobrinas para entrar por aquí, a ver cómo anda el patio, y ya me tengo que ir.
Traigo relatos, fotos, aventuras y un precioso kaftán pero no puedo enseñar nada. Las fotos en la cámara, el kaftán en la maleta, los relatos en la libreta escritos a lápiz, así que sólo los que pueden pasar por casa y compadecer las penurias de una obra pueden ver todo de primera mano. Poco a poco iré recuperando las nuevas tecnologías y así enseñar las cosas bonitas o que a mí me lo parecen para colgarlas por aquí como si fuera ropa tendida, pero muy limpia y al sol.
No diré hasta pronto porque no sé qué significa eso ahora mismo. Pero volveré en cuanto pueda.
Ufff. ¡qué bien suena eso! Ya terminé con la maleta, tapé todos los muebles, he cortado el agua y el gas y sólo me queda apagar la luz. Volveré dentro de unos días o más, no sé. Pero de momento me piro a sitios desconocidos para mí.
Llevo ilusión, ganas, espero que no se me note mucho la cara de sorpresa, pero vamos que no me quita el sueño. De momento sólo el repelús del avión. No me acostumbro yo a eso, será que como me toca tan de tarde en tarde, noto las hormiguitas en el estómago. En fin, que ya apago, aunque dejaré la ventana con la persiana subida por si alguien se asoma por aquí. Hasta pronto.
Hoy estoy atacada de los nervios, con esos nervios parados que me hacen dejar las cosas para luego. A las diez de la noche, he conseguido, por fin, bajar la maleta del maletero. Ahora viene la parte esa de venga, con poquito me apaño. Pero cual es ese poquito?. Uy qué difícil. Supongo que para las dos de la madrugada ya me habré decidido. Pero hoy no estoy para nada, totalmente dispersa, obtusa, espesa, liada. O séase, que no sé qué puñetas hago aquí escribiendo esta tontería. Cuando pasen unos meses y vuelva a leer esto, seguro que me arrepiento de verlo escrito. Aunque no sé, igual no. Hace ya tiempo que sólo me arrepiento de las cosas que no he hecho. De las hechas, pues no. Así que buenas noches blog azul.
Hoy he tenido que empaquetar todos los libros de casa en cajas. Eso es media mudanza. Eramos tres. Y ha quedado demostrado, literalmente, el peso del saber.
¡Qué horror! pesan un quintal, las cajas se llenan antes de que dé tiempo a montar otra. Y luego trasladarlas a la ubicación provisional.
No sé cuántas veces hemos subido y bajado la escalera para alcanzar aquellos de allí arriba, pegados al techo, de esa librería doble que sujeta normalmente todos esos librotes acumulados durante años.
Mirándolos ya empaquetados me surge una duda existencial.
Si me los he leído todos y cada uno de ellos ha debido aportarme algo, yo debería ser muy lista ¿no?. Y entonces porqué me paso media mañana de vacaciones trasladando esos mamotretos, que volverán al mismo sitio dentro de unos días y seguirán cogiendo polvo porque no hay quién los mire.
Me planteo llevarlos a una biblioteca. Seguirán estando a mi disposición cuando quiera releer alguno, pero no me ocuparán sitio y no me darán trabajo.
Pero cuando los tengo en la mano, los miro de cerca, siento que son como una mascota más. Tienen vida propia. Puedo recordar cuándo los leí, cómo me sentía, y cómo me hicieron sentir.
Los de historia, me los bebía, quería saber cosas de antier. Las novelas han dado de sí y de no. Unas estupendas, otras pura bazofia. Los clásicos de Grecia y Roma, en principio aburridos me hacían descubrir cosas que no encontraba en ninguna otra parte. Todo ese conocimiento, casi premonitorio en librillos de pocas páginas. Y (me gusta llamarlos mis amigos, aunque sé que eso es pura ilusión) Miguel Hernández y García Lorca? y otros cuantos de poesía de varios países. Luego esos comprados de estrangis a principios de los años 70. Y la literatura clásica? me encanta La Regenta. Y más, más, muchos más.
No me olvido de los de labores que me han ayudado a hacer cosas bonitas y entretener muchas horas en las que no quería pensar.
Y los de cocina? gracias, gracias, muak, sin ellos no hubiera pasado del bocata de chorizo.
Vamos que entiendo perfectamente al escritor (ahora mismo no recuerdo si fue Delibes o José Luis Sampedro quien lo dijo) que decía que se había cambiado tres veces de casa porque los libros le echaban. Que cada vez necesitaban más espacio.
Pues así me siento yo. (En lo de escribir, no desde luego, que soy consciente de mis limitaciones). Si pudiera cambiarme de casa, así sin más, según los he empaquetado esta mañana, los pondría en otro sitio, con más espacio, más a la mano, sin esa escalera, y...... bah, eso son bobadas. Volverán a su sitio y que se aguanten. No son seres vivos?, pues que se acomoden como mejor puedan.
Pero hoy desde luego me han ahorrado el gimnasio. He hecho piernas, brazos, cintura, abdominales y ganas de comer.
Llevo desde Julio pensando en este momento. Hasta ahora me han hecho cosas normalitas. Un empaste, una endodoncia, cambiar un puente –bueno 3-. Pero ahora se trata de los implantes.
El dentista, optimista donde los haya, habla de dos pequeñitos. Vamos que me van a rajar, a taladrar el hueso, a colocar dos tornillos, a poner un capuchón protector y no sé qué más.
Tengo complejo de pared a la que van a poner una puerta nueva. Cortar el tabique, sujetar el marco con tornillos, esperar a que fragüe el cemento y revestir con madera barnizada. ¿ que no? Pues yo creo que sí.
Aunque pueda sonar de aquella manera, lo que más miedo me da, ahora mismo, es el primer pinchazo. Esa inyección de anestesia, que duele como ninguna otra cosa, que se hace larga, más que una perra de hilo, que notas cómo de repente, te entran ganas de matar al dentista, que suavemente, te va diciendo “ya terminamos, no te preocupes, ahora lo vas a notar dormido y enseguida terminamos”.
¿Terminar? Pero si ese es el primer martillazo. Lo que pasa es que luego los otros se notan menos, van como más seguidos y con el atontolinamiento del principio, parece hasta suave.
Esto lo escribo en la sala de espera, intentando no hacer caso de los nervios que me crecerían sin remedio, si no hiciera nada. Y como cuando me pongo nerviosa, me da por hacer cosas con las manos y aquí no hay mucho que hacer, pues pido una hoja en blanco, tiro de mi Parker azul que tanta compañía me hace y escribo esta tontería, esperando que abran la puerta y con una sonrisa digan, como siempre …. Venga vamos. Uffffff qué miedo tengo!
Pero como siempre, ánimo, que esto no es ná.
Cuando ya todo se acabe, pienso que si alguien me mira las muelas, como a las mulas, no puede adivinar la edad que tengo. Para algo tienen que servir los malos ratos. Y por supuesto, podré comer como a mí me gusta. A dos carrillos las cosas ricas y despacito las no ricas.
Todos los que trabajamos nos tenemos que ganar el sueldo. Supongo que eso vale también para los ministros.
Pues ayer me quedé ni sé cómo, si de piedra, de sal, fría o ……. En fin que oigo en la radio, a propósito del secuestro del barco atunero con bandera española, que la señora ministra justifica que no vayan soldados españoles en los barcos de una manera muy peculiar.
Dice que “si los vascos no quieren al ejército en su tierra, no tiene sentido que ahora exijan soldados en los barcos”
Cómo puede decir eso en alto, aunque lo piense. Estará orgullosa?. Es que mi descoloque llega hasta la rotura total.
En eso consiste su trabajo? Por eso la pagan?
Los vascos no quieren al ejército. Nadie les hace caso. O quizá por ley no pueda ser así ya que son españoles. Si son españoles tienen el derecho de exigir lo mismo que los demás. Si no lo son, les deberían dejar a su aire.
Yo no tomo partido en este caso. Es un problema complicado y supongo que todos tienen un poco de razón y que todos participan en una misma sinrazón.
Pero si se tienen que aguantar con algo que no quieren, es de razón que exijan la parte que les toca. Algo tan banal como que les defiendan de los piratas. Vamos una fruslería.
O sea que los soldados españoles andan por esos mundos del demonio (que no de Dios), protegiendo, defendiendo cosas de otras gentes que se supone que necesitan su ayuda (¿?), vamos donde no les llaman sino que les mandan. Y los barcos vascos tienen que andar a “la deriva” sin nadie que les ampare porque aquí a orillas del Cantábrico no quieren soldados.
No lo entiendo. O son españoles o no lo son, pero con todas las consecuencias.
Y oyendo a la señora ministra pienso en lo que dicen los ingleses “SI NO HAY NADA BUENO QUE DECIR, ES MEJOR HABLAR DEL TIEMPO”
Granitos marrones-negros redonditos, medio partidos por la mitad, en una bolsa metalizada, cerrada al vacío.
O bien, algo medio en polvo, marrón –cuando está molido- también en una bolsa metalizada, cerrada al vacío.
Yo recuerdo cuando mi madre conseguía, no diré que compraba, porque había que conseguirlo, un paquete rojo de papel, con el dibujo de un señor con sombrero o con un camello. Qué maravilla! Café portugués. Que digo yo que en qué parte de Portugal se cultiva café. Sí ya sé que era un imperio y tenía colonias, y que el imperio desapareció, pero el café portugués sigue siendo exactamente eso, CAFÉ PORTUGUES. Había que molerlo en el molinillo de manivela. Y si venía húmedo, había que dejarlo secar primero sobre la mesa del brasero.
No sé desde cuando tomo café, creo que me lo ponían en el biberón. O supongo que no, que después de darme mi madre de mamar, el tiempo que fuera, y la leche de cabra, con la que me criaron, daba chupitos al café de mi padre. Seguro que eso se acerca más a lo que ocurrió. Pero nunca pude con los Ekos, Colocaos, Nesquis, ni brebajes para niños. Yo quería café.
Después ya de grande se entra en la ceremonia del café. Se prueban cafeteras de aluminio, las exprés italianas, las de émbolo, las de filtro de papel. Más cantidad, menos, muy cargado, más flojito, muy aguado (a ese le llaman americano), con leche, con espumita, el de bar –que hay cada cosa por ahí que más parece alquitrán que café-, el del bar que te gusta, el que se toma con amigos, el que quita el frío en invierno, el que viene bien para el cansancio de la tarde, el que te despierta de la siesta, el que te pone las pilas por la mañana (bueno ese grande, en tazón y despacito). El de las once, aunque sean las doce, porque toca, porque los tengo contados y me falta uno.
En verano, en vacaciones, algún domingo, con un chorreón de wisky y una cucharada enorme de nata, lo llaman irlandés, aunque no conozcas Irlanda, pero está buenísimo.
Y cuando ya se pasa al pecado del calentado en el microondas, es el fin de todo. Ahí es cuando toma sentido la frase de mi hermana “los cafeteros se beben hasta el agua de fregar, con tal de que esté oscuro”.
Yo me puedo tomar cualquier cosa, mi mal gusto predomina en lo referente a café. Pero hay algo que sigue siendo sagrado, y es el de mediodía. Después de comer, café recién hecho, ese sí PORTUGUES, pero no ese que conseguía mi madre, torrefacto, oscuro y alquitranado también. Es DELTA, no se compra en tiendas, me lo pasan casi de extrangis, suave, con sabor agradable, sólo, con poco azúcar, huele bien, sabe bien y sienta bien. La cafetera de aluminio para que conserve el calor, el aroma, el sabor, o porque me apetece, porque es la que me gusta, y de verdad que es el que saboreo con gusto.
Hoy he tenido que ir a mi barrio. Bueno donde me crié. Lo conozco. No hay vericuetos. Ni jugando a la gallinita ciega me perdería en el. Bueno, pues imposible llegar a donde yo iba. Salí temprano de casa porque había oído por la radio que era el día de la bicicleta y habría cortes de calles por el centro. No pasa nada, yo no paso por el centro y además es temprano. ¡tonta de mí!. No se me ocurrió adivinar, que además era la segunda carrera popular de aquel barrio. Llego a un punto en que me desvían. No importa, daré la vuelta por allí. Llego al allí, y una porra, que tampoco, doy otra vuelta por donde ya sé, y tampoco. Al final, tiro el coche, que no aparco, porque está prohibido y me dirijo al guardia que cuida una valla que corta la calle. Le pregunto que cómo puedo llegar a donde quiero ir, y se pone a darme explicaciones como si yo no supiera a dónde iba. Le explico que conozco el barrio, que sé dónde estoy, pero que si no quita la valla, me tendrá que indicar por dónde. Al final, sonríe, y comprende mi fastidio. Me indica que cree que a lo mejor pudiera ser que aquella calle del otro lado ya esté transitable. Llego a casa de mi hermana, casi una hora más tarde de lo que pensaba, y allí a buscar aparcamiento. Sólo dos vueltas a la manzana, no ha estado muy mal. He pasado un rato en su casa y vuelta a jugar al pinto pinto colorito, a ver por dónde podía llegar yo a la M30. Nunca pensé que me alegría de coger esa calle o carretera o como quieran llamarlo. Y mientras, oía a Fernando Sánchez Dragó en la radio que iba diciendo que este alcalde tiene el síndrome de Truman (mandó tirar las bombas de Hiroshima y Nagasaki) por su afán a despanzurrar la ciudad. Claro en esos momentos entiendo todo. Se trata de una enfermedad. Hay que fastidiar Madrid como sea. Si no se abren zanjas se hacen túneles, si no, se arregla (es un decir) el río. Pero un método más infalible y barato, hacer participar a un montón de gente en algún evento que justifique el corte de mil calles y media (que algunas son de subida y bajada y se quedan en la mitad) , eso sí, sin avisar, de modo que los pardillos que nos atrevemos a meternos con el coche nos veamos encerrados. Rodeados de un cinturón humano en pantalón corto y dorsales a la espalda. Pues respeto el derecho de todo el mundo a utilizar la ciudad como mejor le cuadre, pero de verdad, si avisan, me voy en el metro. Sé que tardo más que en el coche, pero en estas circunstancias, me habría leído medio libro y no me habría mosqueado. Por cosas como esta hablo siempre del "Madrid de mis pecados".
Desde que vivo en mi casa, y ya casi ni me acuerdo desde cuando es eso, guardo cosas. Supongo que como todo el mundo.
Pero hace un año, mi madre murió, y nos hemos encontrado en una situación que acaba en el desquiciamiento.
Mis hermanos y yo teníamos que desmontar, organizar, o como quiera que se llame, su casa de aquí y la casa del pueblo.
En principio, la idea era deshacernos de las cosas que no valieran, o que nos resultaran tristes, o que el recuerdo nos superase.
Y sí, eso fue en un principio. Pero la situación desquiciante llega cuando vemos que no podemos guardar todas sus cosas en nuestras casas. No caben, no hay manera, y no queremos deshacernos de ellas.
Entonces empieza la criba. Vamos a ver, esto para qué sirve?....... bueno eso lo guardaba mamá por si acaso….. Pero por si acaso ¿qué?.
-Tu recuerdas cuando tuve que arreglar en mi casa…… (lo que fuera) y le pedí esto? Es que me dijo que no sabía dónde estaba y ahora mira, aquí aparece. Por si acaso, yo lo tuve que comprar. Y lo que es peor, lo que me sobró lo guardé “por si acaso”.
Oye, y en este bote qué hay?. A ver, ábrelo…. Unas gomas elásticas, un rollo de celo, una cuerda, unos botones, unos imperdibles. Y este revoltillo para qué sirve?, pues es evidente, es “por si acaso”. YA!
A ver, esta caja qué tiene? Unas tijeras, unas agujas, más botones, una bobina de hilo. Pero esto no es el costurero, que ese está en la otra habitación.
No, eso era “por si acaso” se acababa lo del costurero.
Y estas herramientas de papá? Sí, estupendo, el destornillador ese que se acoplan las puntas, pero faltan tres, o sea que sólo sirve como destornillador normal. Y de esos tiene cuatro o cinco. Entonces porqué lo guardaba así?. Claro, qué boba. Por si acaso.
Al final ya no describíamos los objetos, simplemente nos pasábamos los PORSIACASOS. Toma este para ti. Este me lo llevo yo. No quiero que yo tengo de esto. Anda claro y yo, como que nos lo preparó ella a los tres y los tenemos todos en nuestras casas.
Esto en la casa de aquí. En el pueblo fue peor, porque la casa es más grande y hay más sitio para los porsiacaso. Botellas de agua, de cristal, botes de lata con tapa, eso sí, tarros de cristal vacíos. Y más botones, y más gomas y más celo y más hilo. Cada rincón es una sorpresa. Cada cajón es un mundo. Y en cada sitio hay un porsiacaso o varios.
Esto podría parecer ofensivo, tratándose de las dos casas de mis padres. Pero al llegar a la mía y tratar de guardar las cosas, descubro que todo se pega menos la hermosura y el quebranto de huesos, y mi casa tiene tantos porsiacasos como la suya. En un cajón, en un armario, en una vitrina. Pero además con objetos añadidos. Hay clips, grapas, posit y cables. Muchos cables, este del teléfono aquel que se rompió y guardé por si acaso valía para otro. Este de la cámara de fotos que es igual que el de la otra cámara, este de otro móvil que también vale para el que utilizo ahora. Y esos alambritos que sirven para cerrar las bolsas de plástico. Y todo eso junto? Claro, para encontrarlo enseguida, “por si acaso”.
Bolígrafos de propaganda, otros bonitos, algunos feos, y no estoy segura de que todos escriban, pero hay un puñado en la cocina, otro en cada habitación, otro en el comedor. Porque claro, no es cuestión de andar buscando un boli. Vamos que se tiene por si acaso.
Y paraguas? Varios en el paragüero, dos en el coche de mi contrario, dos en el mío. Unos largos de esos de garrota, otros plegables, pero ahora en el reparto me han tocado dos o tres de mi madre. Y lo peor, es que cuando llueve, como me pille fuera de casa, no llevo ninguno. O sea que se han convertido en otro Porsiacaso.
No sé cuántas cosas podría describir así. La caja de herramientas es todo un muestrario de porsiacasos. Pero luego, cuando de verdad necesitamos algo, no queda más remedio que ir a la ferretería. Pocas veces se encuentra todo lo que se precisa.
Y lo peor de esta situación es que como me meta en limpieza y tire algo que lleva años sin utilizarse, seguramente hará falta en cuestión de pocos días. Esto es un poco la ley de Murphi.
Cuando hablo de esto con alguien, me cuentan lo mismo. Ocurre a casi todo el mundo, y yo me pregunto, entre tanto cachivache, no seremos nosotros también un “porsiacaso”?.
Mi amiga Laura dice de algunas personas que están aquí porque Dios no pasa lista. Será eso, que Dios nos puso aquí “porsiacaso”?. A lo mejor ocupamos un sitio hasta que alguien hace limpieza y tira lo que vale y lo que no vale. Pero dónde está la diferencia? Quién vale o no vale?. Yo seré un porsiacaso?......... No sé, no sé.
Muchas veces he tenido la sensación de que me estaban utilizando (supongo que también, como casi todo el mundo), y ahora viendo esto me miro y me remiro. Tendré tapa? O lazo que me ate para que no me desparrame?, qué es lo que sirve de mí para un porsiacaso?.
Y pienso en las utilidades que se me pueden dar. Tengo un cuerpito aceptable, soy hábil con las manos, bueno, según para qué, tampoco hay que alardear. Creo que soy buena conversadora, y también puedo escuchar. Sé reír y llorar. Me gusta participar en muchas cosas. Y esto me recuerda a las mascotas, creo que acompaño bien, como una mascotita. Y bueno, que el que quiera saber tendrá que molestarse en hacer un trabajo de investigación conmigo. Simplemente soy útil en muchas situaciones e inútil casi en otras tantas.
Vamos que ya no sigo, simplemente soy un ejemplar vivo de PORSIACASO, y me temo que también estoy aquí por eso de pasar lista.
Pues eso que en Madrid no hay playa porque no, porque está hecha así y no hay olimpíada porque no, porque está hecha así.
Es una pena pensar en ese viaje "tan horroroso" que han hecho todos los que pertenecen a un comité de algo, que representan algo, de una institución de algo. Y para qué? para que digan que mejor Río de Janeiro. Yo cuando pienso en toda esa pobre gente, allí en Dinamarca, que seguro que ya hace frío, explicando las maravillas de esta ciudad, y cómo sus gentes están deseando esa olimpíada.
Si es que llevamos el deporte en la sangre. Todos, todos los madrileños y los de los alrededores, se levantan cada día en el deporte ese que practican diariamente, sin expcepciones. Y para qué? pues eso para nada.
Pensar en ese metro que cada día se llena, y con los eventos deportivos se saturan, más lleno todavía en los 15 días olímpicos. Pensar en no poder comer en ningún sitio a una hora razonable, como pasa en Navidad por el centro de Madrid, sin que haya olimpíadas. Me llena de pena.
Hay que preocuparse por los eventos importantes como puede ser una olimpíada. Los otros problemas de esta ciudad como son de cada día y se sigue adelante pues pueden esperar. O sea, que no habrá para comer, pero para reír, que no nos falte.
Pensar que se han puesto de acuerdo en algo el señor alcalde y la señora presidenta de la comunidad bien vale una olimpíada. Pero igual ha sido ese chirrido el que ha advertido a los votantes que han dicho no. Y en fin, que yo no sé ni para qué pongo esto si a mí la olimpíada me da igual, sea donde sea. Lo que sé bien es que Madrid va a seguir siendo una ciudad hermosa, divertida, llena de gente y con los agobios del tráfico, del barullo y donde se puede encontrar y hacer todo.
Vamos que hasta yo me he criado aquí. Pues ¿qué decir de Madrid?, que me encanta y los que han dicho no, se lo pierden. Claro que sé que hacen trampa, porque podrán venir cuando quieran y encima serán bien recibidos.
No sé si otra vez será. Yo después de dos noes no repetía, pero como no depende de mí, pues lo que sea sonará.