Ya me tocó. Por fin. Italia. Llevaba esperando muchísimo tiempo, creo que demasiado. Pero como nunca es tarde si la dicha es buena, He aprovechado todo, disfrutado muchísimo y he venido encantadísima.
La primera imagen, no podía ser otra que ese ramillete de pasta. Es lo más bonito en cosas de comer que he visto en mucho tiempo.
El recibimiento, genial. La cinta de las maletas se estropeó y esperamos más de una hora para que las cambiaran a otra, poder recoger el equipaje, y saber que había otras personas esperando "por nuestra culpa", pero me sorprendió que todos los que estábamos allí, casi que como en misa, calladitos, esperando que alguien se dignara darnos nuestras cosas. He visto en Barajas auténticos motines, por mucho menos. En fin, creo que fuimos ejemplo de paciencia.
Ha habido cosas que no me han gustado. En un viaje tan largo es normal, pero no me gusta contar cosas feas ni criticar a los vecinos, así que sé que el Coliseo está donde está, la Torre de Pisa, igual, Venecia sólo hay una, y si la queremos ver nos tendremos que aguantar con los incovenientes que van en el mismo lote. Merece la pena y mucho.
Dos mil años de historia y aún no han terminado las obras, están locos estos romanos. Pero qué sensación.
El panteón de Agripa es apabullante. Muchísima gente. Pero inhibición total, como si fuera para mí sola. Explicaciones de la piedra de la bóveda, medidas, de todo, pero eso está en los libros. Hay que verlo para sentir cosas extrañas. No parece hecho por hombres. Da repelús. Maravilloso.
Por supuesto que pedí un deseo en la Fontana de Trevi. Tirando las dos monedas por encima del hombro izquierdo, como manda la tradición. Aunque ya con verla le doy por cumplido.
Me quedo con esta imagen del Vaticano. Es espectacular, pero ahí mis sentimientos están encontrados, así que por lo menos este, aunque no lo parezca, por lo quietecito, es una persona. Y desde luego me dio grima total, y pasé de claro, ante el cuerpo de Juan XXIII, que lo tienen embalsamadito y expuesto al público como una reliquia importantísima. ¿Es que ese pobre hombre no tiene derecho a descansar como todo el mundo?. No pude mirar, me retiré con muchísimo respeto. Yo no había ido de velatorio.
En Pisa, íbamos andando, pegados a una tapia simplona, sin demasiado interés. Nos dice el guía que entraríamos por la puerta de Santa María, y que allí, había que exclamar un Oooohhhhh muy fuerte. Nos reímos de la gracia. Pero cuando llegas a la puerta y ves esa imagen, no hay que ensayar, el ohhhh es inevitable. Impactante visión. El mármol brillando al sol. La torre es maravillosa pero el baptisterio y la catedral no se quedan atrás. De lo que más me ha gustado.
Pero, sin duda, lo que más me ha gustado ha sido el David. Esta foto es de la réplica que hay en la calle. Al original no se le puede fotografiar. No me importa, he estado al ladito. Cinco metros de escultura, un sólo bloque de mármol, poder apreciar las venas de los brazos, las uñas de las manos, los músculos, esa cara tan hermosa, la nariz perfecta. Había visto fotos, sabía cómo era, las características, pero aquí la realidad te deja boquiabierta, sin palabras. Obra de arte total. Maravilloso. Del uno al diez, se lleva el 120. Sólo por esto ha merecido la pena el viaje, el cansancio, los pies hinchados, todo, todo.
Capri, hermosa, aunque muchos km. para ver una isla de ricos. La habría perdonado. Esto es para cuando sobra tiempo. Los farallones, cuando se pasa en el barquichuelo parece que se van a caer encima. Bueno, vale, estuvo bien. El limoncello mucho mejor.
En Pompeya se anunciaban las calles sin duda ninguna, para todos los que llegaban hablando otras lenguas. Aquí se indicaba la entrada al Lupanario.
La ciudad es algo curioso de ver, pero me sentí como encogida. No podía quitarme de la cabeza que era una ciudad de muertos. No vi los que están petrificados, aunque dicen que son moldes, no quería oír explicaciones, no disfruto con esas cosas.
En Venecia, la Plaza de San Marcos llenita de gente. Un poco agobiante, pero era cuestión de empujar un poco y no dejarse pisar. Me compré una sombrilla veneciana para el sol, y supongo que molesté a quien se me acercaba, por miedo a llevarse un picotazo, pero de alguna manera tenía que hacerme sitio.
No subí esta escalera de caracol, sólo con verla mis rodillas crujieron, pero hay que reconocer que es una preciosidad. No siempre lo bonito es práctico. Ya podían haber instalado un ascensor dentro. Pero bueno, yo no vivo ahí, y la hermosura de la construcción está a la vista de todos.
Al gondolero le interesaban más otras cosas que los de la góndola. Vamos que lo de cantar y todas esas cosas es una leyenda urbana.
Preciosísimo, aunque yo creo que un poco húmedo.
Podría contar mil anécdotas, y enseñar más de mil fotos, pero ya es suficiente. Me quedo con lo importante.
El David, maravilloso. Pisa increíble. Roma historia y belleza en cada rincón. El Vaticano luciendo esplendor casi insultante.La Capilla Sixtina, las pinturas de Tintoretto, Tizziano y Veronés, no puedo describirlas, simplemente las vi y cada una me produjo una emoción distinta. Se bebe y se vive el Renacimiento en todo, absolutamente.
Para comer y cenar, pasta todos los días. Me encanta, con tomate, al Pesto, en ensalada, todo, todo, me ha gustado y no he engordado nada. Mmmmmm.
Y como siempre, me he sentido como en casa. La gente estupenda, que eso es lo mejor en cualquier parte.
A la vuelta, tuve que abrir el bolso de mano. Cachondeíto total, bombones, chocolates, queso, pasta. Ante la cara de asombro del policía puse la carita más cándida que pude y le dije que era muy golosa. Mientras que al lado, cacheaban a mi contrario por haber pitado el arco. En fin, todo en orden.
(Las fotos son de casa, unas mías y otras no, pero me las presta. Hace muchas y mejor que yo, así que enseño las que me gustan).





