Ya de vuelta y encantada. No me canso de ver los mismos lugares. El silencio, la calma. Sentir cómo el tiempo se para. No madrugar. No mirar el reloj. No tener hora para nada.
El cambio es grande. Pero el cuerpo, y sobre todo el espíritu, lo agradecen.
Hay una chimenea. El tiempo se prestaba para encenderla, y fue en todo momento la protanista. No se nos podía apagar. Mi padre ya se ocupó, hace varios años, de que no nos faltara leña, y creo que aún nos dará calor algún tiempo. El café mirando el fuego, sabe distinto.
Los granados, las cañas y las encinas siguen en su sitio cumpliendo años, pero no se les nota nada. Están preciosos. Y estas jaras nuevecitas, sin estrenar se merecían esta foto.
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