lunes, 25 de julio de 2011

Y SIGO TENIENDO UNA GATA






Pues sí, por aquí anda la gatita. Ya cumplió tres años, es lo que se considera edad adulta. Y tiene las manías que tenemos los demás. Pero por muy lista que ella se crea a mí me engatusa pero no me gana. 
Hace ya tiempo que después de cenar, y tiene la hora cogida, como los niños, se me pone delante, maulla, despacio, pero como mandando, y ya sé lo que quiere. Es la hora de salir al rellano. Abro la puerta y pasa revista a los felpudos de las otras puertas. Se afila las uñas en ellos, y menos mal que me llevo bien con las vecinas. Pero ya me veo comprando los próximos para todas las puertas. 
Luego ya, entra en casa y como si nada. 

He acabado por comprar ese de la foto para ella sola. Lo he puesto en la terraza y que haga lo que quiera, que se afile las uñas o que se lo coma. 
El año pasado, en verano, tuvo la genial idea de pasarse una noche a casa de la vecina. Se les subió a la cama, mientras dormían, y les dio el susto de su vida. No me extraña, si me pasa a mí, me oye todo el vecindario del grito que pego. 

Cuando mi amiga me lo dijo al día siguiente, no hubo problema, le dije que cerraría la terraza y si la gata pasa calor, que se fastidie por alcucera. Y así fue. 
Cada noche, sobre las 11 cierro la terraza, y a sudar tocan, por culpa de este bichejo, y no me vale lo de que no saben, que de día no pasa, que ellos no están y las puertas están cerradas, y lo sabe, porque no hace ni intención. 

Este verano, no quería encararlo igual, así que encargué unas mosquiteras. Las pongo en la ventana, y solucionado. Pero había que haberla visto el primer día. Eso de que entrase el aire pero que no pudiera sacar la cabeza la descolocó. Tocó el artilugio, se volvió hacia mí, y soltó un maullido inquisitivo, algo así como "¿pero qué es esto?". Yo se lo expliqué. Que sí, que se lo explico clarito, y lo debió entender, porque me puso la cara de esfinge, se dio la vuelta y se fue a su cuarto, que desde que se fue mi hijo, ese cuarto ha pasado a ser el de ella, sin pedir permiso. 
Yo creo que ella no tenía ganas de discutir y por eso se fue tan tranquila. Pero me la tenía guardada, la muy bribona. Cuando me he levantado esta mañana, la malla de la mosquitera estaba colgando, y las gomas que la sujetan estaban en el suelo, sirviéndo de juguete. 

Por supuesto que la he regañado. Y por supuesto que me ha ignorado. Pero a cansina no hay quien me gane. Así que me he pasado todo el día cepillándola el pelo. Se tumbaba, pues allí estaba yo, cepillo en mano. Al final, no sé si he ganado, o hemos quedado en tablas. Ante mi insistencia, al final se tumbaba panza arriba, panza abajo, así como cuando nos pica la espalda y pedimos a alguien que nos rasque, por ahí, ay sí, más arriba, no, no, más abajo. Pues más o menos. 
Pero está súper peinada, porque ya que la veo decidida a salir de casa, de todos modos, pues como decía mi madre, sin peinar, ni se te ocurra. Y es una gata, ya lo sé, pero como vive en casa, tendrá que respetar las costumbres de casa. 

Yo he vuelto a poner la mosquitera, lo que no sé es qué pasará esta noche. 


jueves, 21 de julio de 2011

TENGO UN COJIN VINTAGE


  

En todas las casas hay algo que no nos gusta, y no hay forma de deshacerse de ello.  Eso me pasa a mí con un cojín. 
Hace años, se presentó en la casa del pueblo la Tía Teresa con dos cojines que había hecho la mujer con todo el cariño y esmero del mundo, para mi madre. 
Yo al verlos no me atrevía ni a preguntar. Me parecían horrorosos. No me gustaba la forma, ni el color. Sólo diré que estaban muy bien hechos porque para eso la Tía Teresa era única. 
Mi madre dio las gracias, encantada. Y cuando nos quedamos solas le pregunté que si en serio iba a poner aquellos adefesios en casa. 
Pues claro, había que ponerlos. La Tía era la hermana de mi abuelo. Había criado a mi padre y ejercía de abuela con nosotros. Así que había que ponerlos bien a la vista. Hala, en el pasillo de casa, en las dos mecedoras, bien placenteros, que los viera todo el mundo. Ya teníamos cojines.
Los odiaba. No tenía ningún reparo en dejarlos en el suelo para tumbarme en la mecedora. Me daba igual si se manchaban, estropeaban o lo que fuera. Éramos incompatibles.
Pasaron años. La Tía Teresa murió. Y yo pensé que mi madre quitaría aquellas cosas. Pero no. La Tita María –hija de la otra señora- también venía por casa, y no estaba bien que mi madre quitara los cojines de la vista. 
No puede ser. Tendría que seguir viéndolos. 
Cuando mi madre muere, los guardo en un armario. Ya sin contemplaciones. Se acabó tenerlos por medio. Y por mí los hubiera tirado, pero como mi hermana no les hacía tantos ascos, pues se quedaron en el pueblo. 
Va mi hermana y me dice que se trae uno, que ahora son vintage, que son lo más, y que ella le quiere. Digo que no, que por lo que más quiera, que se traiga los dos, que me los quite de en medio de una vez. 
Y mi hija dice que de eso nada. Que a ella le encantan y que quiere el suyo, y que de dejarle en el pueblo nada, que en cuanto vaya, se lo trae. 
En Semana Santa voy al pueblo, mi hija también, y las dos peleando con el puto cojín, yo a a que no y ella a que sí. 
Me vine primero, ella después. Y entre risas, bromas y gracietas, me enseña el horror de los horrores. Lo coloca en su cama y más contenta que unas pascuas. 
Me sentí fatal porque sabía lo que iba a pasar pronto. 
Mi hija murió a los pocos meses. Y el cojín se quedó encima de su cama. 
He cambiado el cuarto, he movido cosas, pero le miro y soy incapaz. No sé qué hacer con el. No puedo tirarlo. Lo guardé en un armario, pero cada vez que tengo que abrir la puerta, sé que me lo voy a encontrar. Es como si se burlara de mí. 
Y otras veces, lo miro y me río. Pienso que es mi karma. Algo que no me gusta pero que me va a acompañar toda la vida.
En alguna ocasión me he puesto a mirarle, tratando de verlo con los ojos de mi hermana y de mi hija, a ver por dónde andaba tanta hermosura. 
Pero qué va, no hay forma. No me gusta nada.
Y seguirá en el armario, como tantas cosas que no soy capaz de tirar, a sabiendas de que no me gustan, de que no me sirven, de que ocupan sitio, y que por otra parte, pues algún estorbo tendremos que tener. 
Me trae tantos recuerdos, de una, de otra, de otra, de todas esas mujeres que han hecho que yo sea como soy, que creo que tiene su mérito, así que TENGO UN COJIN VINTAGE. 



lunes, 18 de julio de 2011

YO NO TENGO UN AUDI NI UN BMW NI UN MERCEDES

Desde hace muchísimo tiempo me pregunto qué pasa con los conductores de estos coches. Son así, y por eso se compran estos bugas, o se compran los bugas y se vuelven así?
Los temo. En ciudad, en carretera, da igual. 
Ir a la velocidad que sea, y que de repente te pase alguien como si fuese un avión, miras y ya está, es uno de esos. 
Que pueden correr, ya lo sabemos, pero ¿están obligados a hacerlo?
Te metes en una rotonda, y al llegar a la siguiente intersección, que se supone que el que viene se va a parar, pues como sea uno de esos, ya puedes ir pisando el freno, porque ellos no lo van a hacer. 
Vas caminando y llegas a un paso de cebra, miras, y lo mismo, cualquiera se para, ellos no. 
A veces pienso que es una obsesión y que no siempre es así, pero no falta el listo que me lo confirma, en ná, al ratinín. 
Me pregunto  si ellos se rigen por otro código de la circulación. 
Porque reconociendo que son unas máquinas magníficas, tampoco hay que desmerecer a otros, que también son estupendos y con capacidades similares, y sin embargo sus conductores no se comportan igual. 
Trato de ignorarlos. Trato de ver coches. Pero cuando la pirula es evidente, entonces sí que me fijo, y pocas veces falla. Es uno de esos. 
Quizá sea una paranoia mía, pero de verdad que me resultan incómodos y creo que son peligrosos, y osados, sin tener en cuenta que no son los inmortales, que un porrazo es para todos y que también pueden hacerse daño. 
Aclaro, que no es que me hagan las picias a mí y por eso los tenga manía, que no es eso, voy más veces andando que conduciendo, pero los veo, y arman cada una que tiembla el misterio, aunque yo esté en el paso de peatones, paradita, al otro lado de la calle. Siempre son ellos, y no es siempre a mí, es que son así de chachi-guays. 
Y si un día tengo que cambiar de coche, sé bien que no me compraré ninguno de esos, no me apetece entrar en ese club.

sábado, 16 de julio de 2011

TEATROS ROMANOS











Esto de arriba es el teatro romano de Cartagena. Nos contaron que lo descubrieron hace unos treinta años. Antes era un barrio de viviendas. Poco a poco las fueron expropiando y dejando al aire esta sorpresa.  Ya se suponía que en Cartagena tendría que haber edificios importantes de los romanos, pero no era fácil empezar a buscar, simplemente porque no se conocía la ubicación. Hasta que, como siempre, por casualidad, apareció el dintel de una puerta del teatro, y a partir de ahí, una gozada absoluta. Cuando el guía dijo que tenía exactamente un metro menos que el de Mérida, me quedé pensando. Un metro?, entonces tiene que ser una barbaridad, y así fue exactamente. No cogí el metro, desde luego, pero a ojo, se aprecia que es un señor teatro.

Las estatuas y capiteles que han ido apareciendo, se han expuesto, y "casualmente", el museo es también de Moneo, como en Mérida. 
Vamos que me sentí como en casa. Una maravilla para todos y una suerte para los Cartageneros. 
A mí me alegran estas cosas.










Este es el de Mérida. Desde pequeñita he ido muchísimas veces, y cada vez lo veo mejor. La primera vez que fui, las columnas estaban en el suelo. Lo han ido reconstruyendo. Siempre que pueden, con los materiales originales, y si no, pues con algo que se le parezca. Menos la grada, esa sí que no. Eso es cartón piedra. Yo sé que de alguna forma había que hacerla para poder utilizarlo en las representaciones de teatro clásico, pero aquello suena como un tambor cuando vas pisando la grada, y siempre temes que se te vaya a meter el pie. Y la justificación es más que lógica. Se conservan las piedras originales que componían la grada, sí. Pero son las que utilizaron los musulmanes para hacer la alcazaba, a la orilla del río. Se conserva estupendamente, y no van a desmontar esa joya para restaurar la grada. Así que bueno, vale, da el pego. 


 Pero este mocetón, sólo está en Mérida. Y desde jovencita, me enamoré de el. Es mi novio, siempre que voy a Mérida, tengo que ir a verle. Sé que el me espera, y yo le quiero.

miércoles, 13 de julio de 2011

SINDROME POST VACACIONAL




Llevo trabajando tres días y parece que nunca me fui. 
Hablan de la depre, después de las vacaciones, pues esto es como cuando se tiene el segundo hijo, que con atender al primero y al bebé, no queda tiempo para depres. 
Así ando yo, como un dibujito animado, sin parar. No tengo tiempo para deprimirme pensando en las vacaciones. 
Nada más llegar, deshaciendo la maleta y separando la ropa para ver cuántas lavadoras había que poner. Luego quitar las maletas de enmedio. Quitar las telarañas de la nevera y replantar el yogur caducado que tenía musguito verde. Y fundamental, después de una ducha con agua bien cloradita como es la de casa, que hace de lejía quitando el tostaíllo ese que había cogido, no diré moreno porque sería una fantasmada, pues embadurnarse en crema, porque la humedad de la playa se quedó allí lejos, lejos. 
Desmontar un armario de la terraza, que quiero hacer sitio. Montar el nuevo en una habitación, trasladar las cosas. Pintar la terraza.  Otra vez, sudando. Pero si son las tantas de la noche y mañana trabajo, nada que me voy a la piltra. Hasta mañana. 
Lunes. Qué sonrisas me reciben, qué contentos mis compañeros. Puñeteros. Se alegran de verme o se ríen porque sus vacaciones empiezan ahora. Bah, ni pregunto, no quiero mentiras piadosas. 
Empieza la función. Hay cambios, y para nada buenos. A estudiar, venga, a ponerse al día. Y cuando yo pensé que no se iba a terminar nunca la mañana, llegaron las tres. Ayyyy, menos mal. 

Por la tarde dentista, que no es nada, sólo un retoque de un empaste. ¿Retoque?, mira que le gusta a mi dentista minimizar las cosas. A los diez minutos, la odiaba con todas mis ganas. 

Un poco más tarde el endocrino que me quiere mantener a raya, dice que por mi bien, y me mata de hambre el mamón. Todo contento, medio kilo menos. A ver cómo le digo que las cervecitas de mediodía y los helados de media tarde no engordan?, porque si no es eso, cómo se explica?. Pues no le digo nada, que me de el castigo para esta semana, y al lunes que viene hablamos. 

Ayer fue un poco más llevadero, ya parece un día de antes de irme de vacaciones. 

Y hoy, en el trabajo, bueeenooooo, pero esta tarde, una amiga de las que tienen huerto en el pueblo, me sorprende con tomates, pimientos, calabacines, de todo, me trae de todo, porque dice que si no se le estropea, y me ha tocado hacer pisto..., he acabado hace un rato. No sé si darle las gracias o retirarle el saludo. Bueno, mañana cuando coma a mediodía el pisto de hoy, le daré las gracias, ahora, no tengo ganas. 

Y supongo que a esto se le llama vuelta a la normalidad. Pues vale. Ya soy normal ¿¿¿????

martes, 12 de julio de 2011

PREMIOS DE REGALO

Los amigos me mandan regalos, o premios, o como quieran llamarlo. Yo los coloco con muchísimo cariño, y no siempre con acierto, porque algunos se me salen del sitio y no sé recolocarlos. 

Hace poquito recibí el de Jmir, y luego Princesa me trató como si fuera mi cumple. 
Los agradezco de verdad, porque aunque yo siga escribiendo las tonterías que se me ocurren, pensar que alguien lo lee y se molesta en hacer un regalo, es halagador. Y no me cuestiono si lo merezco o no, hace ya tiempo que eso no lo aplico a nada. Simplemente los recibo con una sonrisa y muchísimo cariño. 

Gracias por alegrar un ratito cada noche. 

domingo, 10 de julio de 2011

LA MANGA DEL MAR MENOR - SEXTO DIA






Ya queda poquito, lo sé tan bien, que hoy el plan es paseo largo y baño más largo. Hay que aprovechar el lujo de la arena y del agua caliente. Otra vez, como todo lo mejor de esta vida, es gratis. Sólo remojarse, tumbarse en la arena y tomar el sol. 

Pues empezamos con el paseo. Largo, a buen paso. Sol y sombra. Pero hace calor, se nota mucho, y la humedad empieza a incomodar. 

Cuando ya nos cambiamos de ropa para irnos a la playa, ocurre algo un poco raro. Ya pasó el otro día también y nos tenía escamados. 

Hace poco, mi contrario con su cámara, que hace fotos preciosas, intentó fotografiar los aviones de la patrulla Aguila que se ven con frecuencia. No es de extrañar, ya que la base de San Javier está a tiro de piedra. Pero cuando hace la foto, la cámara le da un error de tarjeta. Y es nueva. No tiene sentido. Por la noche trata de pasar las fotos al disco duro y ve que se han borrado todas las fotos de ese día. Bueno, será un misterio de la cámara. 

Hoy ve los aviones otra vez, y dispuesto a llevarse un recuerdo o un disgusto, vuelve a hacer las fotos, bueno, no, vuelve a intentarlo. Y otra vez error de tarjeta, cuando después del incidente del otro día ha hecho fotos con toda normalidad. 

Esto ya no es casual. En esta ocasión el aviso es de que la tarjeta está llena. Tiene 98 gigas completos. Quéeeeeee? La tarjeta sólo tiene 8 gigas. Coge el ordenador y lo mismo. La tarjeta no es que esté completa, es que se sale, pero de fotos nada de nada. Lo curioso es que en los dos casos, se han borrado sesenta fotos cada vez. Y que cuando dice que la memoria está llena, borra las fotos que quedan y sigue diciendo lo mismo, que está llena. Por último la única opción es formatear la tarjeta.

Queremos entender. Pero qué vamos a entender si no sabemos ni papa de medidas de seguridad. Me imagino a los aviones rodeados de un halo que les convierte en invisibles para cualquier artilugio. Y esto me recuerda el silbato para perros, con una frecuencia que el oído humano no oye.

Cosas que no oímos, cosas que no vemos, pero que sabemos que están. Que notamos que existen. Y son cosas que utilizan los hombres. A este paso, acabaré por creer en Dios. No puedo verlo, no puedo oírlo, pero puedo ver el amanecer, el anochecer, bañarme en agua caliente y notar el masaje que reciben mis piernas, respirar aire limpio. Quizá todo esté relacionado. 

Pero lo de los aviones no sé bien para qué sirve, o al menos, no exactamente, pero que una cámara fotográfica se vuelve tarumba, eso sí que lo sé. 

Esta tarde me he levantado de siesta, como siempre, bastante acorchada, en todos los sentidos, con poca capacidad para pensar con lucidez. Y al ver la terraza tan maravillosa, he pensado que cuanto más limpita mejor, así que sin pensármelo mucho, me la he fregoteado entera. Es grande y me ha llevado un rato, pero encantada. Creo que nunca he fregado un suelo con tanto entusiasmo y ganas. Merece la pena verla así, ahora a disfrutarla. Un café, un cigarrillo y a mirar el mar, sin más. 

Después el paseo de cada tarde. Hoy por la Gola. Así llaman a los canales que permiten la entrada del agua del Mediterráneo al Mar menor. El brillo del sol les da un aspecto increíble. Tan brillante, tan precioso. Me molestan bastante algunos desmanes urbanísticos que meten edificios en la playa, pero como a un metro, que yo creo que más de una vez les debe salpicar el agua en la cama. Pero, de eso prefiero no hablar. Me quedo con las cosas hermosas y aquí hay muchas. 

Después vuelta a la terraza, al aire y al sonido que me arrulla y me hace feliz.
Murcia, 7 de julio de 2011 (San Fermín)








(Estas fotos las hice yo, con una mini cámara. Pero con paciencia. Mereció la pena estar allí)