sábado, 30 de octubre de 2010

UNAS GRANADAS




Cuando voy a mi pueblo, siempre tengo una cita con este granado. Puede parecer una historia tierna o una manía. A mí me da igual. Este me espera en el pueblo, como el romano en Mérida.

Cuando mi hija tenía unos cinco años, la curiosidad, como a todos los niños, le podía. Ella quería saber cómo se hacía una granada.
Cuando le dije que se plantaba, decidió probar y echamos unos granos en una maceta.

Me olvidé del asunto, hasta que en primavera vi las ramitas de los granados. Toda contenta se lo enseño, y la pobre criatura, con carita de asombro me preguntó que dónde estaban las granadas. Algo tan normal, a mí me descolocó. Entendí su disgusto. Tanto tiempo esperando para nada.

Al explicarle que en una maceta no podían crecer, no se complicó la vida. Mamá, se los llevamos al abuelo y que los ponga en el huerto.

Pues claro, no era ninguna tontería. En todo momento, pensé que los granados no tirarían para arriba, pero aún así, llevamos la maceta con todo cuidado.

Mi padre, no dudó ni un momento. Los plantaría en el huerto, cerca del arroyo. Aquella tierra es buena y el estaba seguro de que crecerían.

Agarraron bien cuatro de ellos. El los cuidó y cuando unos años después se presentó mi madre, toda orgullosa con una granada. La primera que daba aquel arbusto, mi hija la desgranó con cuidado, y se la comió entera. Por más que la abuela y yo le pedimos unos granitos para probarla, no le dio la gana. Se burló de nosotros todo lo que quiso. Era suya. Y no la compartiría. Tendríamos que esperar otro año.

Ahora que no están ninguno de los tres, siento como una necesidad de acercarme por allí de vez en cuando. Quedan dos granados nada más. Nadie los cuida. Por allí no pasa ni el tiempo. Pero yo voy.

El año pasado llovió tanto que no hubo manera de llegar por aquellos caminos donde sólo pasa algún tractor de vez en cuando. Pero este año, hacía un tiempo maravilloso. Soleado, brillante, y hasta allí que nos fuimos las tres. Mi hermana, mi amiga y yo.

No me lo podía creer. Cuánta granada. Algunas abiertas de maduras, que por supuesto no dudamos en abrir y comer directamente. Otras cerradas, en su punto, duras, pesadas, preciosas.

Y sin poder evitarlo, me salió del alma y lo dije en alto "esto es como la flor de la orquídea, un regalo de Mercedes".

Así nos lo tomamos. Cogimos todas las que pudimos, nos las llevamos, y en todo momento, cuando las miro pienso en eso, que es un regalo de ella.

A la semana que viene hará dos años que murió, pero creo que se empeña en hacerme sentir cosas. Y dulce y cariñosa como era, supongo que no tendrá otra forma de hacermelo ver más que con unas granadas apetitosas.

Esta historia puede resultar increíble para muchas personas, al igual que la de la orquídea. Y puede que no tenga nada que ver. Pero siempre son coincidencias. Las fechas son especiales y las cosas bonitas están ahí.

Quizá tan solo sea un acto de fe. Pero las granadas se han venido conmigo y yo las miro y pienso en ella.

viernes, 29 de octubre de 2010

DE VUELTA

Pues sí, ya he vuelto. He hecho un montón de kilómetros. Me lo he pasado bien. Me he reído como hacía tiempo que no me reía y que me hacía mucha falta.

Como era de esperar, tengo historias para contar.

Pero sobre todo, esa foto ha sido algo importante. Ese romano estupendo es mi novio desde que le ví la primera vez. De eso hace la torta, pero da igual, sigue siendo mi novio. Sé que es una afirmación unilateral, porque como se puede ver, no le puedo preguntar, ni por señas, si el me quiere a mí.

Qué impresión me llevé cuando le conocí. Está en el teatro de Mérida. De guardia permanente. Y tiene un cuerpazo espectacular. Yo creo que sirvió de ejemplo a Russel Crow el de Gladiator. Me parece que el actor se quería parecer a el, y no me extraña.

¡Y cómo se conserva!. Dos mil años tiene la criatura, y da gusto verlo.

Otra ventaja de este muchacho es que no habla y no toquetea las cosas, así no se le caen. Además, fiel como nadie. Siempre está allí. No tengo que quedar con el. Sé dónde encontrarle.

Y menuda chufla mi hermana y mi amiga. Nos hicieron la foto juntos, claro, pero yo la he recortado un poquito, porque como no le puedo preguntar, no quería que se molestara saliendo conmigo en la misma foto.

Así me conformo, pero me dan ganas de hacer como mi tía María, que según limpia el polvo a los retratos de todos nosotros les va dando besos y chillando algo así como "ayyyyyyyy qué guapo este muchacho" o "ayyyyyy qué lista mi niña". Pues eso, que igual me veo yo besuqueando la pantalla cuando mire al gladiador este. Ayyyyyyy qué guapísimo, madre, si no se puede aguantar.

Será una tontería, pero a mí me encanta.

jueves, 21 de octubre de 2010

FIN DE LOS MADRUGONES

Por fin. Se acabó la tortura. Mañana es el último día. Qué ganitas tengo.
He tenido que asistir a un curso aburriente donde los haya. No he aprendido nada. Las he pasado canutas para no bostezar. Se me notaba mucho que no me interesaba nada. Sobre todo porque no había nada nuevo.
Mira que me fastidia la gente que habla en público, simplemente por hablar, pero que se nota mucho que les gusta oírse a sí mismos. Que a los demás nos interese o no lo que dicen, es harina de otro costal.

Y con eso he tenido que vivir esta semana. Y luego entre los asistentes, personas que se dedican a contar su vida como si fuera lo más interesante del mundo mundial. También ignorando la cara de aburrimiento del resto, que permanecemos callados como muertos, deseando que se acabe ya.

Y lo peor es que con nuestro silencio sepulcral se crecen, pensando que nos interesa lo que cuentan y parece que nunca van a terminar.

Realmente horroroso. Lo mejor ha sido el café con leche de media mañana y las risas en la cafetería.

Las dos horitas de ida y las dos de vuelta me han servido para escribir cosas mías y que iré enseñando poco a poco.

Mañana entrega de certificados de asistencia, que si no, no puedo cobrar esta semana, y hasta otra.

Ufffff, qué alivio.

Pero así ocurre a veces. Se utiliza el dinero en cosas que no interesan a nadie pero luego tengo que buscar un tornillo o mendigarlo para sujetar el respaldo de la silla que tengo para trabajar.

Así que ya se acabó y encantada.

Este finde tengo cumpleaños familiares y ya sueño con el lunes que me voy a mi pueblo. Me encanta en Otoño. Escapada de "chicas solas" aunque seamos de oro. Y qué falta nos hace a las tres. Despejarnos, aire y unas risas. Gastaremos poco, veremos mucho, y encenderemos la chimenea contando mil historias que por suerte a todas nos gusta darle a la sinhueso. Ya veremos si no tenemos que pedir la vez para poder oírnos. Nos organizaremos seguro.

De momento me voy a la cama que aún me queda un madrugón. Pero este ya con ganas.

lunes, 18 de octubre de 2010

CAMBIO DE COSTUMBRE

Esta semana, por razones de trabajo, tengo que ir a Madrid todas las mañanas.
Para mí eso es una excursión. Me falta costumbre y sobre todo me faltan ganas.
Madrugo, tirito, porque hay que fastidiarse qué frío hace ya. Salgo por ahí mirando primero a ver si han puesto las calles y con cuidado al doblar las esquinas por si hay algún lobo suelto y llego a la estación del tren.
Me lío con el billete, que si sencillo que si de ida y vuelta que si bono de diez y sin tener ni idea de cuánto vale.

Ya en el andén el relente de la mañana me deja heladita, ya de por sí que no iba yo muy acalorada.

Entro. Y como paleta de pueblo que va a la capital miro todo lo que me rodea.

Me sorprendo mirando a alguna mujer, -hay varias- de diversas edades. Peinadísimas, con la pestaña puesta, los labios perfilados, realmente arregladas, con más o menos acierto y gusto, pero eso ya es otra cosa. Y yo me digo para mí "joooderrrr, a qué hora se han levantado".

Yo he ido en plan dibujito animado, de la cama a la cocina, desayuno sin entretenerse, ducha, tiritón, ropa, zapatos y a correr, me he arreglado un poco el pelo en el espejo del ascensor.

Y ellas puestísimas, no sé si me dan envidia o pena.

Luego me ha pasado uno al lado que me ha recordado el comentario de Princesa, yo creo que ese no se había lavado desde que le lavó la comadrona. Y a esas horas, no quiero pensar lo que puede ser que se te acerque a las seis de la tarde, quita, quita, qué horror.

Después de dos transbordos en el metro, de dejar que se fuera uno porque me niego a meterme en algunos sitios en algunas condiciones, llego a donde yo creía que iba.

Sí, sí, salgo del metro, localizo la calle, todo bien, estoy en el número cuatro y voy al cincuenta. Digo para mí que no es mucho. Pero resulta que en esa callecita, cada número es un edificio completo. Que la calle es más larga que una perra de hilo, y que llevo media hora andando cuando llego a donde voy.

Como no contaba con todo eso, llego tarde. Me siento mal. Soy puntual por naturaleza. Entro en la sala, interrumpo. No quiero hacer ruido. Pero cuando las cosas se cruzan, se cruzan del todo.

Como un trozo de hielo al cambio de temperatura, la anilla de mi bolso se ha partido al tiempo que daba los buenos días. Ha salido rodando, se me ha caído el bolso al suelo, se han salido algunas cosas, la gente me miraba, el señor que explicaba, se ha parado. No sé si me he puesto colorada, pero qué mal lo he pasado. Me he sentado en el último sitio después de recoger deprisa y corriendo y no me atrevía ni a sacar el boli. Como una estatua. Quietecita, quietecita y callada como no acostumbro a estar.

En el tiempo de descanso he atado el bolso con un cordón de esos de colgar los móviles, que mira por donde hoy me ha resultado útil. He hablado con la gente que había por allí y he empezado a reaccionar.

A la vuelta he probado otro camino, pero nada. Media hora andando. Total que las dos horas desde mi casa no las puedo evitar, y yo ya no estoy acostumbrada a estos trahines.

Pero esta tarde he salido a dar un paseo y me he encontrado en un escaparate zapatos españoles, de mi número, con el tacón que me gusta, de horma cómoda. No me lo podía creer, así que he cargado con los negros y los marrones, y por lo menos se me ha pasado un poco el bochorno de esta mañana.

Lo de siempre, el que no se consuela es porque no quiere.

Ahora voy a preparar las cosas para mañana. Saldré más temprano, tampoco me pintaré los morritos, y espero llegar a tiempo. Y así hasta el viernes. Pensaré que ya me queda menos y tiraré el bolso que me la ha jugado.

domingo, 17 de octubre de 2010

SOY RUBIA

Dicen que las rubias son tontas. Pero aún hay alguien más tonta que una rubia. Y es una rubia que se tiñe de castaño oscuro para no parecer rubia.
Pues yo soy de esas. Castaño oscuro.

Después de comer, con vermú previo y vino en la comida, me siento empaná. Sólo quiero ir a echarme la siesta. Con gata o sin ella, eso da igual, lo que ella prefiera, porque yo sólo pienso en ese edredón que me va a tapar cariñosamente y en esa modorra que me va a llevar al otro mundo. Ese coma inducido, resultado del alcohol, la buena mesa y la horita que se presta a ese menester.

No puedo pensar con claridad. Aunque hace sol, siento frío, y me siento rubia, totalmente rubia. El chándal de ciertopelo me abriga, pero tengo frío. La cocina manga por hombro, pero la dejo para luego. Tareas pendientes para mañana, que quiero hacer hoy y que veo como muy lejanas, se harán o no se haran.

Esta hoja en blanco que quiero convertir en página escrita en azul y sin saber cómo.

El cigarrillo de después del café que se consume en el cenicero.

La gata que salta encima del teclado del portátil que está encima de mis piernas que se puede caer ante la falta de estabilidad que viene dada por el tinto de la comida.

En fin, que me siento rubia, porque si me miro al espejo me veré desvaída.

Para las rubias, sólo les queda pensar que son así, que no traten de cambiar porque cualquier cosa que hagan por parecer otra cosa, les convertirá en algo parecido a mí ahora y eso sí que es un horror.

Pero como no se puede tener todo, pues no soy alta, ni buena moza, sólo rubia teñida de castaño oscuro, o ¿quizá nunca fui rubia?. ¡Qué incertidumbre!

Luego, cuando me despierte lo averiguaré.

jueves, 14 de octubre de 2010

OTOÑO EN CASA

Ya llegó el otoño. Y ya estoy con la revolución acostumbrada. No sé cómo lo hará el resto de la gente.
Cuando hablo del "ala oeste", es como un deseo que nunca se cumplirá, pero hay que fastidiarse cómo me gustaría.
¿qué entiendo yo por eso?. Pues muy sencillo, a falta de rentas que me mantengan sin trabajar y casas por ahí, para repartirse las estaciones del año, me gustaría tener una casa, pues eso, con ala este y ala oeste.

Si es muy fácil. En invierno el ala este, para disfrutar del sol por las mañanas, con los armarios grandes con los abrigos, mantas, edredones, calcetines de lana, chándal de ciertopelo (de terciopelo no, que para eso aún no tengo categoría), la bata boatiné, las zapatillas calentitas. Y muy colocaditos los jerseys, que no se deformen, las camisetas interiores te termolactil. Los mitones para escribir en el pc sin que las manos se congelen. Y en fin, todas esas cosas que nos acompañan en invierno.

Y en verano, el ala oeste. Sombra más tiempo, y armarios medianos para la ropa de verano, o sea, el vestido de tirantes, el vestido de tirantes, el vestido de tirantes, y para dormir, el traje de noche. (Con ese que traemos de serie cuando nacemos).

Evidentemente, el ala oeste sería más pequeña.

Pero en lugar de eso, pues ya estoy guardando en una cajita el vestido de tirantes, y el vestido de tirantes y... pues eso. Ya está.

Y sacando de las cajas con los posit los jerseys, los leotardos, los mitones, los pijamas, y...
jopé cuánta caja vacía, y cuanto armario atascado. Porque anda que los abrigos no ocupan sitio ni ná.

No hablo de primavera ni otoño, porque duran tan poco que no creo que haya que dedicarles muchas teclas. Y además, lo del ala norte y sur, ya sería demasiado. Tampoco hay que pedir tanto.

Vamos que no me gusta el invierno. Que se necesitan más cosas. Que hay que defenderse del frío. Y no me quejaré demasiado, que al fin y al cabo, aquí nieva poco y no necesitamos palas para dejar la puerta libre.

Que no es lo mismo quitar nieve que coger un abanico o enchufar ese ventilador tan chuli que compré este verano.

martes, 12 de octubre de 2010

DIOGENES. EL SINDROME. LOS DIOGENITOS Y MAS…..


Dada la costumbre de guardar cosas de todo tipo, que nos acompaña a más de uno, ya nos reconocemos con eso de que padecemos el Síndrome de Diógenes.

A fuerza de oírlo y de decirlo, me molesto en averiguar quién era este buen señor y me meto en San Google.

Lo que dicen de este hombre que por avatares de la vida se transformó en filósofo, es que era absolutamente pobre. Tanto que vivía en un tonel, comía carne cruda y hacía sus necesidades en la vía pública.

Estaba en contra de todas las normas sociales. Era de la escuela griega Cínica. No porque fuera a ninguna escuela, si no por sus enseñanzas. Bueno, tampoco enseñaba adoctrinando, era más bien por el ejemplo que daba.

Por lo que he leído, ahora mismo lo podríamos definir como un pasota total. De todo y de todos.

Con estos datos, se me pone la cara de asombro y paso a leer lo que hay del Síndrome de Diógenes. Y resulta que se llama así, por la tendencia de las personas que lo padecen a la soledad y a la austeridad.

Son sobre todo ancianos, con tendencia a encerrarse en sus casas y acumular todas las cosas inservibles con tal de no gastar, pero no porque sean tacaños, si no porque no son conscientes de lo que tienen. De hecho muchos dejan auténticas fortunas, después de haber vivido durante años hechos unos pobres andrajosos.

Así que no me cuadra. No concuerda. El señor ese griego tan importante no tenía más que el sol que le alumbraba, hasta el punto que cuando Alejandro Magno le preguntó que qué necesitaba, que el se lo concedería, Diógenes contestó que se apartase un poco, que le quitaba el sol, y eso era lo único que necesitaba.

Y después de esto cómo se llama a la manía de guardar la ropa en los armarios y no deshacerse de nada durante años pensando que nos lo vamos a poner. Cuando lo cierto es que nos ponemos lo último que nos compramos. Y no hay forma de sacar una camisa planchada del dichoso armario. Está todo tan apretujado que como decía mi madre parece que la acabamos de sacar “del culo ‘el burro” por las arrugas.

Y esas cajas de zapatos infinitas que no tocamos más que cuando toca limpieza general y se les quita el polvo. Y yo en eso no soy muy exagerada, pero conocí a una persona que me dijo que hacía una foto a los zapatos y la pegaba en la caja por fuera para tenerlos localizados, porque tenía más de 200 pares.

Pero algo que me pone de los nervios y me hace cabrear conmigo son todas esas figuras que hemos ido acumulando, porque nos las han regalado, o nos las hemos traído de recuerdo de algún sitio, y cuando ya no nos caben en los estantes, guardamos en una caja, para cuando cambiemos la decoración. Y después de años, la decoración ha cambiado por las nuevas incorporaciones, que acabarán en otra caja, pero no volvemos a tocar aquella primera.

Cuando sé de alguien que rompe casi todo lo que toca, me da envidia. Es la única manera de deshacerse de las cosas. Con pena, eso sí, pero ¡al fin! Un sitio libre. No me gusta que se me rompan las cosas, pero cuando ya no se pueden acumular más y hay que tirarlo, o dárselo a alguien, me da más pena que si se me hubieran roto.

Mi cocina está totalmente atascada. Cada armario es un Tetris. Si se sacan los cacharros para limpiar, hay que rascarse la cabeza y pensar un poco antes de volverlos a colocar, porque cualquier pieza fuera de su sitio hace que otra no quepa. Y así cada uno, cada uno, cada otro, y cada aquel de más allá.

Un día me puse a contar los cuchillos de casa, por aquello de que la abuela es de Albacete y venían de allí, pues conté seis docenas, estrenadas, y los que se compraron para mis hijos (4 docenas) sin estrenar.

Y eso porqué, a ver porqué?. Pues muy sencillo, porque somos personas cuidadosas que en casi treinta años hemos ido comprando los que nos gustaban, más novedosos, de otros materiales, más guapos y no hemos tirado ni roto ninguno. Con lo fácil que es cargarse un cuchillo. Tan fácil como tirar la caja de herramientas (pero a ver quién tira nada aquí). Sirven para desatornillar cualquier cosa, aunque tengan punta. Para aserrar la madera, aunque se queden sin sierra. Para remover la tierra de las macetas, aunque luego se deje aparte por aquello del Cardenillo, que nunca he sabido lo que es. En fin, que soluciones hay pero que aquí no las hemos aplicado. Resultado 72 cuchillos para dos monos que estamos y una gata que tiene uñas. Sin comentarios añadidos………

Pero cuando hablo con mi hermana y me dice que está del Diógenes hasta donde no pongo porque soy educadita, y que después de echarlo de la terraza a escobazos se le ha atrincherado en el comedor, y que está agobiadísima (aunque ella dice que está “ajuncá”), y voy a casa de mis cuñados y me dicen que acaban de bajar a la basura cuatro bolsas de cosas porque el Diógenes ese también es pariente de ellos, me acuerdo de una expresión que oí una vez con respecto al dinero, pero que creo que debería ser aplicada a todas las cosas que guardamos en casa. Esa expresión es que “el dinero, debería ser como los ajos, que se pudren cada año si no se gastan”.

Pues eso. Las cosas que han permanecido estáticas sin que nadie las utilice, ni casi las mire, durante un año, deberían desaparecer. Simplemente, consumirse en sí mismas. Y así no pediríamos casas de goma. Porque por finústicos que sean los ladrillos, de casa de los vecinos sólo oímos las voces o el ruido de la tele, pero por más que empujemos, no nos hacen ni un sitito.

Y entonces sí que tendría sentido lo del Síndrome de Diógenes. Viviríamos con lo puesto, y casi, como el, en un tonel. Uf, qué liberación, cuánto tiempo ganaríamos, de ese que empleamos en ordenar cosas. Si además añadimos que el señor ese y el agua no se llevaban muy bien, aprovecharíamos el tiempo que dedicamos a la ducha, o a fregar, o a peinarnos. O……. y me pregunto yo, el se dedicó a filosofar, pero nosotros qué haríamos con ese tiempo?. No sé, a lo mejor debemos dejar las cosas como están. Pero no tenemos nada que ver con el sabio griego. El era listo de verdad, nosotros no podemos llegarle a la altura del zapato, más que nada, porque no tenía ni eso.

Bueno, que ante la duda, intentaré hacer sitio como sea. Aunque me temo que más bien funcionaré como el escarabajo pelotero y cambiaré cosas de sitio, que al final, es lo que hacemos casi todos.

Después de leer la vida de ese tío, me cae bien. Lo del síndrome no tanto. No quiero verme aislada y rodeada de cachivaches que no me sirven para nada. Quiero estar con mi gente y tomar café en mi taza favorita. Mientras estoy calentita con mi chaqueta vieja y utilizo las pinzas que me compré cuando tenía 14 años (desde entonces me acompañan) para quitarme las espinas del cactus que me traje de Tabernes en el año 73 y que aún dura, y mirar el cojín horroroso que tejió mi tía abuela hace 40 años.

Pensándolo bien, lo de los ajos, sólo es bueno para los ajos. Para lo demás es mejor hacerse la valiente y tirarlo sin pena cuando haya que hacer sitio.