Ejerzo un poco de guía. Y como no me gustan las aglomeraciones ni los sitios que salen en la tele con frecuencia, pues me la llevo a donde me parece y ella se deja llevar.
El paseo de ayer era por la Ribera de Curtidores. Dicho así, pues no dice casi nada. Pero es la calle donde los domingos se instala desde hace varios siglos El Rastro de Madrid. De hecho casi todo el mundo habla de la calle de El Rastro, sin más.
Subimos por la calle de Atocha hasta Tirso de Molina, y ahí fuimos derechitas a saludar a Eloy Gonzalo, Cascorro, el héroe de la guerra de Cuba, con su lata de gasolina y su tea ardiendo.
Le explico a ella todo lo que yo sé de ese mocetón vestido de soldado de aquellos tiempos.
Vamos bajando, parándonos en cada escaparate. Mirando con ojos de niña asombrada todas las cosas.
Nos llaman la atención los pendientes antiguos, los bolsitos en plan reina de Inglaterra (ya sabéis, diminutos, por aquello de que nunca da propina). Anillos enormes. Y todo con la etiqueta de antiguo, que las más de las veces, simplemente es viejo.
Luego cuadros. El mar que parece que te va a mojar, y otro con encinas que le digo que parece el camino que tengo que andar para llegar a las encinas de mi padre y al granado compartido.
Estatuas, clásicas, y nosotras buscando un romano como el de Mérida, pero qué va, no se le parecen. Si es que aquel es único.
Todo le llama la atención. Todo le gusta. Disfruta. Y yo me siento bien por haber acertado.
Me gustan esos sitios. Son conocidos de sobra para mí. Pero me encanta ver a alguien disfrutar de la misma manera.
Es estupendo poder compartirlo. Algo tan simple como un paseo.
Y al final, merienda en el Vips. Pero no la merienda al uso. Hasta para eso soy un poco antigua. Al entrar, me fui derecha a la zona de las galletas. Quería unas en concreto, las Birba. Son galletas hechas de la manera tradicional. Me gustan mucho. Compramos una caja. Pedimos los cafés y preguntamos si podíamos comerlas allí mismo. No dijeron que sí. Y hale, a disfrutar, mmmmmm qué ricas.
Ibamos cuatro, y todas encantadas con el paseo, con las galletas, con todo. Y yo, con la compañía.
Sobre todo porque ella era la que venía de lejos, pero las otras dos, con vivir cerquita, tampoco estaban muy puestas.
Lo pasamos bien y eso fue lo importante.





