La medicina avanza. Más estudios, más investigación, más medicación, más averiguaciones y todo para llegar al origen de los tiempos. Esta sandez ¿a qué viene a estas horas?, pues me explico:
Tengo las rodillas hechas polvo desde hace años. Que si el cartílago, que si la herencia, que si el desgaste. Que sí, que muchas explicaciones, pero eso se reduce a dolor frecuente. Cuidado con la altura de los zapatos, no coger frío, no caminatas, no subir escaleras, no montar en bici. Bueno varios noes que me tocan las narices.
Ahora leo, (no es que no tuviera idea, pero parece que cuando las cosas se ven escritas por otros, parecen más reales), que debido al cambio del abono en los cultivos de los últimos años, falta en la tierra y en sus productos, el magnesio que aportaban los abonos naturales, y eso hace que el cartílago no se regenere adecuadamente. Provocando carencias cada vez más notables y en personas cada vez más jóvenes. -chungo-.
Hoy me dice el médico que me falta vitamina D. Y que lo tengo también bastante mal para asimilarla por medios naturales. Ya que fundamentalmente se obtiene del sol, pero siempre que se tome sin protector solar. Y eso en estos tiempos, no debe hacerse. Pues qué bien, oiga, como que me alegra la tarde.
Y remata con lo de siempre, deja de fumar que no te viene bien para los huesos.
Yo antes le decía que si había hecho una carrera universitaria y una especialidad para decirme que pierda peso y deje de fumar, pero hoy se ha superado.
Si no tomo el sol, malo, si lo tomo sin protección, malo y si me pongo protector malo.
Me manda vitaminas en ampollas, que seguro que saben a rayos, y le tendré que dar las gracias por evitarme la jeringuilla.
Joer con el galeno.
Pero la conclusión que yo he sacado, después de la parrafada de hoy, es que la vida más conveniente, era la de nuestros abuelos.
Desayuno contundente, con proteínas, hidratos y grasas (¿Valdrán unas migas con chorizo y pimientos?)
Al campo, al sol, sin cremita que eso es una mariconá.
A mediodía el puchero de garbanzos (proteína vegetal, si el abuelo los abonó con estiércol) con tocino.
Y para cenar tortilla de patata -hidrato puro- con muchos huevos, por dos razones, por las proteínas y porque si no, a ver quién se atreve con esa cena. Y eso sí, que no falte el melón de postre, fresquito para hidratar y con el azúcar natural que lleva.
¡Qué sofocos me entran sólo de pensarlo!
Y todo esto, contando con que no se puede engordar. Pues me parece que como no me vaya a segar, con esa dieta algo se va a quedar desequilibrado.
Voy a tener los cartílagos más divinos, la vitamina más resultona y la cintura más oronda que jamás imaginé.
Bueno, me iré a pensar por dónde empiezo, que si mañana tocan migas, esta noche tengo que dejar picado el pan.
Bueno, pues ya, se acabó. Por fin, son campeones. Me alegro mucho de que después de tanto tiempo, y de tanto esfuerzo, y de tanto empeño, sean campeones. Me alegro de verdad por ellos. A mí no me gusta el fútbol. No lo entiendo. Cada vez que miro en algún partido hay un hombretón rodando por el suelo. No comprendo lo que es un fuera de juego. Y tampoco tengo muy claro lo que es un gol. Porque si es cuando el balón entra en la portería, que es lo que yo entendía, pues no sé porqué algunos los anulan y otros no. En fin, será que no le he dedicado el tiempo suficiente.
Pero ayer, hoy, esta noche, hace un rato. Sentir el empeño de la gente por que ganen, la necesidad de que ganen, el juergazo, escándalo, algarabía, griterío, no se me ha contagiado.
No me molesta en absoluto. Y me gusta ver a la gente contenta. Pero esas caritas que salen en la tele, me dan pena, si están sufriendo un calvario. Ya sé que en las bodas se ríe y se llora, y en los entierros también. Pero esto de hoy... supongo que es algo parecido, la emoción hace llorar y reír.
Pero a otros nos deja más o menos como estábamos. Un poco sordos, quizá, o aturdidos por los pitidos trompeteriles y de otro tipo, pero poco más.
Mañana llegan a Barajas y seguirán celebrándolo. Me parece estupendo.
Pero esa cosa de "hemos ganado" me suena rara, sobre todo porque cuando no es así, pocas veces oigo "hemos perdido".
Pues si cuando pierden, pierden ellos. Para mí hoy "han ganado ellos", son profesionales, es su trabajo y hoy lo han hecho bien. Pues estupendo, que lo celebren por todo lo alto, que pasen a la historia deportiva del país con todos los honores, pero que quede claro ELLOS.
Y sin tener ni idea de fútbol, hoy he pensado en mi suegro. Hace años que murió, pero era de Fuentealbilla, y creo que se hubiera emocionado viendo a Andrés Iniesta marcar ese gol que les ha convertido en campeones. Porque estoy segura de que el, con todo el derecho que da el paisanaje, hubiera gritado "HEMOS GANADOOOOOOOOO"
Ya sé que la gata sale a relucir más de la cuenta, pero es que las vacaciones de esta pobre Grapi, no tienen desperdicio.
Ha sido más difícil que darle una pastilla y los que lo hayan intentado pueden comprenderme.
Nunca me la llevo porque sé que extraña mucho. Pero esta vez quería llevármela. Allí en el pueblo hay sitio de sobra, y se me ocurrió que estaría bien en el corral. Hace dos años me la llevé y le sentó muy bien.
Pero el tiempo pasa para todos, y ahora es adulta y está hecha una señoritinga de tomo y lomo.
Intentar meterla en el transportín ya fue para nota. Corría por la casa como alma que lleva el diablo, y menos mal que conocemos sus escondites. Al final entre los tres conseguimos meterla y cerrar la rejilla. Los maullidos eran muy suyos.
En el coche, yo no sabía si se había mareado o se había muerto. Todo el camino calladita, casi sin respirar. En la parada del café dejamos la puerta abierta, y aunque la hicimos algún mimo, ni por asomo se nos ocurrió abrirle la portezuela.
Al llegar a casa. Yo entusiasmada, la cojo, como siempre, la enseño dónde he puesto sus cacharros con la comida, con agua, y su gruñido sonó como un "vete a la mierda", y la solté claro.
Se metió debajo del sofá. La dejamos tranquila un rato de varias horas. Cuando ya me cansé de su silencio fui a sacarla, y cambió el sofá por la oscuridad que encontró debajo de una cama.
Me preocupaba que no bebiera agua. Y ya de madrugada, mientras que yo intentaba no axfisiarme, ayudándome del abanico, vi que se acercaba al bebedero. No comió nada y dio un rodeo para no acercarse a mí. La llamé con cariño, como siempre y su cara de esfinge me indicó que pasaba de mí.
Al día siguiente, opté por lo contrario, pasar yo de ella. Y cuando le pareció bien, fue a comer, a beber, a su arenero, se paseó por el pasillo de casa y se tumbaba muy estirada donde le parecía, supongo que encontrando fresquito en el suelo de terrazo.
Luego ya empezó a acercarse a la puerta del corral. Eso es lo que yo quería, a ver si se pegaba unas cuantas carreras y se le pasaba la mala uva. Tardó en decidirse a salir, pero cuando se animó, creo que le gustó el ambiente.
Los murciélagos eran una provocación y las salamandras de la pared, creo que sacaron a relucir sus instintos básicos de cazadora. Venía con telarañas en el pelo, polvo, y yo qué sé. Pero ni se me ocurría cepillárselo en aquellos momentos.
De vez en cuando, me hacía el favor de dejarse acariciar un poco. Pero nada que ver a la relación de casa, mucho más cercana, distendida y agradable para las dos.
Aquello era un matrimonio mal avenido. Todo lo que yo hacía le sentaba mal, y ella no hacía nada por acercarse a mí.
Así hemos pasado estos días. Pero cuando cogí el transportín, yo me esperaba otro numerazo y nada de eso, no dijo ni un miau chiquitito. El viaje silencioso, igual que a la ida.
Al llegar a casa, enseguida se notó el cambio. Estaba en su casa y lo vimos enseguida. Pero por lo que se ve las desgracias nunca vienen solas y eso debe valer también para los gatos.
Por la noche, cuando llegó mi hijo y trató de acariciarla, le demostró su enfado (supongo que por los días que llevaba sin verle), le arañó, le bufó, le mordió los pies, y el muchacho la echó de la habitación con cajas destempladas. No sé yo quién de los dos andaba más endemoniado.
Pero la boba de la gata, no sé si por mostrar cariño o por fastidiar se pasó desde la terraza a la ventana de su cuarto, como tantas veces, pero su sentido del equilibrio debía andar trastocado.
Cuando yo me quise acostar no la vi. Pero como acostumbra a pasarse a la terraza de la vecina no me preocupé en absoluto, me acosté y no le dí las buenas noches. Si está se las doy, y si no pues se queda sin ellas.
Y esta mañana a las siete y algo, me despierta mi contrario. Me dice que la gata está en el jardín, que está maullando y que hay dos gatos alrededor. Eso quiere decir que anoche en vez de volver a la terraza, se cayó, directamente. Son dos pisos, es la tercera vez que se cae. Sé que los gatos caen de pie, y que seguramente no se habrá hecho daño, pero el susto se lo ha llevado, seguro. -............
He saltado de la cama, me he metido un vestido de esos que no hay ni que abrochar y he bajado en zapatillas a la calle (si me ve mi madre, nos da dos h. a cada una, a la gata y a mí... en zapatillas ¡qué vergüenza!)
Se había metido en un armazón metálico rodeado de rosales. No atendía a nada. Asustadísima. Yo no podía meterme allí. Si conseguía meter un brazo sin pincharme mucho, ella me bufaba, casi que me mordía.
Hablándole con paciencia y cariño, se ha acercado a uno de los agujeros que hay.
Al final, ha bajado mi contrario, más por la pena que yo le daba que por el bichillo, y al pobre le ha tocado hacer de medio malo de la peli. Le ha echado un poco de agua y así ha conseguido que se viniera hacia mí.
Cuando la he podido coger, ha sido a las malas. Me quería arañar, morder, yo qué sé. Y al llegar al portal de casa, ya la suelto porque veía que hoy acabaríamos mal, y va la pamplinas y se va a la calle otra vez.
Menos mal, que se ha parado enseguida, creo que no le ha gustado el sitio. He vuelto otra vez a cogerla, a esquivar sus uñas y hemos subido juntas hasta casa.
Ha pasado el día raro. Aún no se le ha quitado el susto. Pobrecilla, toda la noche fuera de casa, en un jardín recién regado y sola. A ella que no le gusta el agua, que tiene su sitio para dormir y que no se preocupa por nada.
Esta noche, ya se acercaba un poco a nosotros y me ha dejado acariciarla. Aún necesitará unos días para que nos volvamos a llevar bien. Y yo necesitaré unos días para que se me curen los arañazos de los rosales y de la gata.
Dicen que de todo se aprende. Creo que ella no se subirá a la barandilla en un tiempo y yo me lo pensaré antes de llevarla a ningún sitio. Esta se siente la reina de la casa y no está por probar experiencias nuevas.
Pues sí, es lo que se dice en todas partes. Que hace calor. En invierno el frío es Siberiano y ahora el calor es Sahariano. Vamos que aquí somos perfectos. Si por nosotros fuera, estaríamos siempre a cero grados, ni frío ni calor. Pero no es el caso, ahora toca nube de arena y calor del desierto.
No es que esto tenga mayor trascendencia. Pero a mí me ha hecho dar la vuelta por toda la casa para poder dormir. He salido de mi cama, para tirar un colchón al suelo, a la puerta del corral. No me he atrevido a dormir fuera, como hacía mi padre, en el Hotel de las Estrellas, que decía el, por miedo a los murciélagos. No sé si serán los mismos del año pasado, o los hijos o los nietos, pero que son okupas, eso sí que lo sé. Están allí, una nube que me pone de los nervios.
Me fui a otra habitación, con ventana a la calle y soporté como pude el calorazo que me empapa el pelo y que hace que me escuezan los ojos, y a los energúmenos que celebraban que la selección acababa de ganar el partido y había que gritarlo para que se enterasen en Sudáfrica de que aquí también nos habíamos enterado. Yo no sé para qué tanto teléfono móvil, internet y medios de comunicación. Estos gañanes con sus voces hacen innecesarios todos esos artilugios.
Al final, la gata y yo competíamos para encontrar el lugar más fresco de la casa, y claro, ganaba ella, siempre.
En fin, que al final, el calor ha podido conmigo. He hecho el petate y me he vuelto a mi casa de aquí. Por lo menos enciendo el aparato de aire y no me dejo las muñecas sacudiendo el abanico, que voy a acabar con un esguince.
De vuelta, no hay peleas entre la Grapi y yo, cada una tenemos nuestro sitio. Ya he deshecho la maleta. Ya me he preparado un café. Ya he dormido la siesta en mi cama y dentro de un rato, me acostaré disfrutando del airecito que entra por mi ventana. Que sí que entra.
Renunciaré a los paseos de vacaciones si esto sigue así, pero no tendré la sensación de cocerme por mis propios medios.
Me quedan pocas vacaciones, pero aún las aprovecharé, no sé qué haré, pero el despertador sigue apagado y eso es bueno.
Todos tenemos vicios conocidos. Cada uno sabrá cual es el suyo. Esos que se pueden enseñar, comentar, a veces presumir, y otras, hacer que sea admitido por los que nos rodean y no sorprendan a nadie.
El mío es el café. Por encima de todos y eso que se echa un pulso con el tabaco. Pero como sé que algún día tendré que dejar de fumar, pues pongo el café por delante.
Hoy he ido a un paraíso artificial de mi vicio conocido. El Museo del café en Campo Maior, en Portugal. Es la factoría del café Delta. Una delicia para mí. Puede que los haya mejores, más tostados, o menos, o más caros. Pero me encanta este, y el museo era algo posible.
Las temperaturas han sido horripilantes y el paseo desde aquí son casi 200 km que con otros tantos de vuelta, ha sido día de coche, más que completito. Pero ha merecido la pena.
De Campo Maior nos hemos ido a Elvas. Ya lo conocía y no ha habido manera de pasear. Hemos comido en un sitio precioso, con bóvedas de ladrillo que eran de agradecer y de vuelta para casa
Me he sentido bien, cómoda. Viendo todos aquellos cachivaches, unos antiguos, otros modernos, otros extraños, pero que tienen en común que los viciosos del café podamos alargar una sobremesa, simplemente con una taza delante y una cafetera cerca.
Nos ha guiado una muchacha encantadora. Ha explicado todo lo que entra dentro de su trabajo y ha respondido a un montón de cosas que se me ocurría preguntar sobre la marcha. Al final, nos ha ofrecido un café. Y sin corte ninguno, al decirle yo que era muy amable, me ha dicho que la sonrisa es gratis. (¿De qué me suena eso a mí? Y eso que ella, claro, lo ha dicho en portugués).
Otro sitio a los que tendré que volver, pero será con mejor tiempo. Es decir, Primavera, Otoño y hasta Invierno, pero en verano no, porque yo creo que hoy se hubieran ahorrado el combustible en esa factoría si hubiera extendido los granos al sol.
Esta es la furgoneta Ford en la que el fundador de la firma, D. Luis, repartía el café Delta.
Lanzadísima a no perder la costumbre de soportar el calor de mi pueblo, ayer hicimos el caminito. También contribuyó el hecho de que amaneció lloviendo y nos queríamos creer que el tiempo refrescaría. Ilusos!
Este pueblo tiene algo que ejerce de paraguas. No sé explicarlo, pero no es la primera vez que vengo, que llueve por todos los alrededores y que aquí no cae ni una gota de agua.
Una vez me contaron que las nubes que vienen de Portugal, al llegar a una zona concreta, las revientan con cohetes para que llueva por allí y no lleguen aquí.
Vale que yo diga tonterías muchas veces, pero esa de ahí, no es mía, la he escrito tal cual me la contaron, aunque dieron más detalles que superaron mi imaginación en aquel momento y ahora soy incapaz de transcribir.
Pero con cohetes o sin ellos, lo cierto es que ayer aquí no caía más agua que la de la ducha y calentita desde luego. Pero esta es otra. Sale calentita, con el calentador apagado. Las tuberías que traen un agua estupenda, de la sierra, vienen a un palmo por debajo del suelo, y ese palmo de tierra recalentado de todo el día no permite que el agua se enfríe. Vamos que en el manantial estará como esté, pero al salir por el grifo viene a la temperatura ambiente o casi, y hablamos de treintaymuchísimos grados y cuarenta y alguno en más de una ocasión.
Mi casa bien, como a mí me gusta. Al menos pude dormir sin contratiempos.
Esta mañana, aprovechando las primeras horas de la mañana, me subí al doblao. No sé cuántas vueltas he dado ya por el, pero siempre encuentro algún tesoro. No se acabará nunca. Entre que estoy poco tiempo y que me lío con dos de pipas, no termino de ver lo que hay en el.
Hoy, debajo de una cubierta de lona, que yo no sabía qué tapaba, me encuentro con un baúl y lo abro. Al principio, lo normal, cosas que mi madre guardaba, los costales de trigo antiguos, doblados, sin usar desde hace más de cuarenta años. Pero a mí se me hacía que aquellos eran muchos costales. Empiezo a levantarlos con cuidado. Más que nada, porque siempre espero que aparezca alguna prima del hombre araña y eso me da cosita. No es que sean peludas y venenosas, eso no, pero que corren que se las pelan que para eso tienen 8 patas y que no me gustan ¡ea!.
Al mover uno, oigo un sonido de hierro con hierro. Y pienso para mí, “a ver, qué me queda por encontrar”. Y me viene a la cabeza la insistencia de mi hermana, cada vez que vengo, en que tenemos que encontrar el peso de la abuela, que mi madre se lo dijo muchas veces. Que era una báscula como de cocina, pequeña, con unos platillos y una pesas, además incompleta, porque la de media cuartilla se la prestaron a alguien y no volvió nunca.
Siento cosquilleo por todas partes, pero mío, de dentro, no eran arañas, y ya voy deprisa y con cuidado. Quito un costal, luego otro, luego… alto. Esto no son costales. Un corpiño de mujer con las iniciales de mi abuela. Extraño. Pero reconozco su forma de coser. Tan cuidada, tan resistente, tan bien rematada. Y luego otro. Uno estrechísimo de cintura de avispa, y el otro un poco más grande, haciendo notar el ensanchamiento de la cintura que nos acompaña a todas las mujeres de esta familia. Nunca los había visto. Ahora mismo, no nos los podríamos poner. Pero dónde estaba yo para no enterarme de que quedaban cosas así en mi casa. Supongo que como tantas veces, en la parra.
En fin, que sigo con lo mío. Un hierro, otro, otro, y por último ¡lo tengo! La balanza, cojo el gancho, la coloco, miro el fiel, los brazos donde van los platillos, y lo voy colocando en el suelo. Sí falta una pesa, pero teniendo en cuenta las medidas de esa balanza, ni sé cual puede ser. Está la media libra, la libra, y las otras que no podría poner en orden, no sé si serán la cuartilla, la media. En fin ese sistema métrico del que hemos oído hablar, pero que ahora sólo los más antiguos conocen con seguridad. Los más nuevos, tenemos que pararnos a pensar, y en muchas ocasiones, no tenemos ni idea.
Pero no acaba ahí mi descubrimiento. Hay una cadena grande. Con unos eslabones bonitos. Pesa un quintal. Y soy incapaz de asociarla a nada. Así según está no tengo ni idea de para qué sirve.
Toda entusiasmada, llamo a mi hermana y se lo cuento, y claro, ya me cayó el pavisosa de turno, qué va a ser esa cadena, pues la de colgar el caldero en la lumbre. La de la chimenea, so tonta. Jopé, pues sí que es verdad. Pero cuando era pequeñita, si la ví alguna vez, estaba colgada allí arriba, en las chimeneas esas en que había que meterse debajo. Cómo porras podía saberlo yo esta mañana. Si es que esta también tiene unas cosas.
En fin, que hoy ha hecho calor del bueno, pero a mí me da igual. Estoy contenta. No sé qué haré con eso. Igual vuelve al mismo baúl, y que sirva para sorprender a mis sobrinas o a mi hijo algún día, pero de momento, a mí me han alegrado el día.
Y además sé bien, que eso era de la madre de mi madre, vamos que no ha rodado, que siempre ha estado con nosotros. Quizá ese hierro es el que nos da fuerzas para seguir buscando, ni sabemos qué. Desde luego dinero y tesoros de otro tipo no, que de eso nunca hubo en nuestra casa. Pero fuerza sí, de eso sí que entendemos.
Y esto lo escribo, aplicando las nuevas tecnologías, en el portátil, en la puerta de mi casa, tomando el fresco, con la farola fantasmal que alumbra la calle solitaria.
Que pueda conectar este cacharro a la internete con el minimóden y enseñarlo es otra cosa.
Anda que si la de la balanza me viera ahora, igual me daba con ella en la cabeza o me ataba con la cadena, por no hacer oficio de lucimiento.
viernes, 2 de julio de 2010
Ya es viernes. La semana va que vuela y las vacaciones como sin estrenar.Ando un poco mohína con todo. No estoy contenta y "mesenota".
Tenía planes desde hace varios días y me están saliendo todos al revés. Bueno no es que estén saliendo mal, simplemente, no salen.
Hace más de quince días que tenía plan con mi hermana. Nos íbamos a patear Madrid, la zona pija, esa donde no vamos nunca y que en cualquier otra ciudad es lo primero que se visita. Queríamos echar un vistazo (que no comprar, por supuesto) a las tiendas esas internacionales supercarísimas donde no compramos nunca nada, porque no creo que las cosas que venden allí valgan lo que cuestan. Pero mirar es gratis y también se adquieren conocimientos. Al menos para saber dónde no se puede ir ni en rebajas. Pero un refresco o un café en una cafetería de por allí, sí que nos hubiéramos tomado. Porque lo que decimos siempre, nos cobran un poco más, pero lo frío está frío, lo caliente, caliente y el baño limpio.
Más que nada, hubiera sido una mañana de paseo y de darle a la sinhueso un buen rato, que es lo que nos gusta.
Pues la huelga de metro nos fastidió el plan. Será otro día, pero vacaciones no me quedan muchas.
Ando enrollada con la dentista. Bueno ella me quiere enrollar y yo no me dejo. Es una especie de pulso, y no sé cómo voy a terminar. Dentro de un ratito tengo que ir a verla. Me molestará seguro. Esta muchacha, por buenas intenciones que tenga, siempre me fastidia. Si es que desde hace años, siempre digo lo mismo. Que las buenas intenciones son para los conventos, que para lo demás no sirven.
Me quiero ir a mi pueblo. Pero el parte meteorológico me echa para atrás. Medias de 38 grados y subiendo. Eso pone a mi pueblo en los cuarenta y muchos. Está en una explanada, donde el sol calienta desde que sale hasta que se pone. No podré ni salir de casa. Y hace años, cuando un entretenimiento era sentarse, por la noche, al fresco, ahora es otra historia. En la calle donde está mi casa, los vecinos, por edad, se han ido muriendo. Los dueños ahora son, como en mi caso, los hijos de los que vivían allí, y nosotros vamos poco y no nos sentamos al fresco. Bueno, yo sí. Pero el año pasado, me encontré a la una de la madrugada sentada en una mecedora, en la puerta de mi casa, totalmente sola en toda la calle. Y no esperaba que sucediera nada. Pero aquella oscuridad, aquella soledad, y aquellas estrellas moviéndose, brillando a rabiar, daban un aspecto fantasmal a la única farola de la calle. Me sentí un poco mal. Entré en casa, cerré la puerta, y a sudar y no en el buen sentido. Que a veces, hasta el sudor es agradable.
Por hacer algo distinto, la otra mañana, que me levanté con los cables cruzados. Cogí la bolsa de la costura. Me fui a un parque grande, me dí un paseo bajo los árboles, me senté en el merendero, extendí mis hilos, tijeras y demás apaños y le estuve dando a la aguja un buen rato. Y, mira, que me cundió y mesentó bien. Con la luz del día y al fresquito del césped recién regado, se estaba bien. Además sin gente, que era temprano. Por lo menos era, como nos dicen en yoga, acopio de energía, haciendo algo relativamente satisfactorio. No estuvo mal. Pero eso sirvió un día. Hoy no tengo ganas de parque, de paseo, ni de coser.
Esta noche me han invitado a tomar una cerveza. Es una terraza que ya me conoce, en un sitio agradable y espero pasarlo bien. No todo se va a torcer.
Esto parece el libro de reclamaciones. Estoy tranquila, me siento bien, y sé que si los planes se me han torcido es porque antes los había hecho. Llevo ya tiempo que sé que es mejor dejarse llevar, y en cada momento disfrutar de lo que se ponga delante. Es la mejor manera de no patinar y no coleccionar decepciones, pero es que no aprendo. Esa lección siempre la suspendo. Me pondré las pilas, a ver si apruebo esa asignatura de una vez por todas.